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Urbanidades: El microbús.

1234487_188480031323612_1750045754_nTodo aquel bicho, ser o cosa, clasemediero, que habite un zona urbana o circundante, definitivamente en algún momento de su vida, sino es que en su diario transitar, ha tomado un microbús y sabrá de qué le estoy hablando.

Dios bendiga el transporte público, especialmente a los microbuses. Son tan odiosos que hasta resultan encantadores. No hay sitio en el que vayas más incómodo, rodeado de gente horrible y que además lo maneje un mandril. Ese mandril que llevará a su clásico chalán colgado de la puerta o en su defecto, a su damisela al lado, entre su persona y la palanca de velocidades.

Mandriles o no, siempre fervorosos en su fe. Hasta el día deCAM01911 hoy, no he visto unidad sin su respectivo santo u oración, porque podrán ser déspotas, drogadictos, mayatones, y unos grandes hijos de puta, pero siempre encomendados al Señor. He ocupado microbuses toda mi vida, en mi ciudad y en otras, y he de decir que los peores son los de mi ciudad. Veracruz es un lugar donde se esconden los ciudadanos con mayor carencia de ética civil del mundo (pero esa… ¡es otra historia!) y esos ciudadanos toman el micro.

Todo comienza con el chofer, el típico güey malandro, mamarracho, pelado que parece que se escapó de la cárcel, o en su defecto el ‘ñor’ con crisis de mediana edad que va por los caminos de la vida y la ciudad preguntándose cómo terminó manejando micros y desquitándose con todo lo que se le cruce en el asfalto, o con quien toma su unidad. La cosa es tratar mal a alguien.

Dependiendo la hora y la ruta, es la ‘suerte’ de sentarse. Vale queso si eres anciano, embarazada, accidentado o con 3 costales a la espalda, nadie sede el asiento y menos si ataca el “sueño repentino” o te encuentras con el extraño caso de la “bolsa cansada”. Si acaso un buen samaritano te ve muy liado con tus chivas, a lo mejor te ayuda a cargar unas cuantas, pero hasta ahí. Pocas veces he visto personas ceder el asiento, y creo que eso no es de géneros, es simple sentido común.

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Sobre asientos, una cosa que me pone muy ansiosa, es ver que hay lugares y la gente aun prefiere ir parada, especialmente los hombres. Ignoro si es que sentarse les pellizca los testículos, pero es muy recurrente. Las mujeres en cambio, toman asiento y retan a toda ley física en nombre de la vanidad. En verdad, me pongo de pie y les aplaudo a todas esas espartanas que, a pesar de las paradas repentinas, las curvas y los baches, se maquillan. El mérito en realidad no es ese, sino que pese a verse horribles, bajan de la carroza con la firme convicción de que se ven bien.

El romance de camión es una de las cosas más valientes que existen, debido a que venir a los besos, sin agarrarse de ningún barandal, a altas velocidades, no es precisamente una decisión muy inteligente. Se da más entre estudiantes. Oh, los estudiantes, esos uniformados del mal, que gritan y huelen peor. Huelen a frituras y a hormonas, se escuchan los gritos desesperados de celo, sedientos de atención y la fricción entre cuerpos, maná caído del cielo. De ahí emergerán los futuros “amantes de pie”, esos que todas conocemos, esos que de pronto posan sus ganas en el más cercano hombro o trasero. Y de los que se sientan al fondo mejor ya ni les digo… después de las 9:00 pm, cualquier persona de bien que se siente ahí, va bajo su propio riesgo. O beneficio.

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No quiero decir que la vida en transporte público sea mala. Mala quizás para los artistas urbanos, llámense músicos, payasos o actores (“enfermos” con aliento alcohólico, “migrantes” salidos de la colonia, y cualquier persona que se inventa una historia y por ello pide cooperación) pues gracias a la proliferación de entretenimiento portátil, seguramente sus ingresos han ido a la baja, así que como todos, sólo los mejores sobresalen.

Es, de hecho bastante divertida, por ese encanto popular que despide:

  • Por el riesgo que implica abordar, viajar y descender.
  • Por las pláticas random que a veces se sostienen con personas que no vuelves a ver
  • Por las veces que no tuviste para el taxi y respiraste lo más profundo para no evidenciar lo festivo que aun venía tu estómago una mañana después de una bacanal.
  • Por ese personaje sospechoso que te hizo tomar tus pertenencias con más fuerza y pensar en una ruta de escape al estilo Hollywood.
  • Por los momentos de reflexión a bordo mirando a través de la ventana.
  • Porque aunque los payasos insistan en mantener la imagen de Leonardo DiCaprio, sabes que hace mucho no es un sujeto atractivo.
  • Por las checadoras, porque no importa de donde sean, sus cejas siempre son una línea, a la usanza de Los Polivoces.
  • Porque siempre donde cabe uno, caben dos, y donde caben 50, caben 70, atrás “siempre hay espacio”.
  • Y por último… Por el chofer del 5ta etapa, que además de tener un gusto musical exquisito, ser bien parecido y amable, es el único chofer (que yo conozca) merecedor de una ovación, ya que nunca le vi pasarse un alto, ser grosero con estudiantes ni senectos, ni hacerse de palabras con algún otro conductor :).

Así que ahí lo tienen, viajar en microbús, camión, urbano, o como le llamen, siempre es una buena forma de conocer una ciudad. Podrá ser lo que gusten y peor, pero un acervo de la cultura popular de un lugar, por seguro lo es.

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