Cuento, Urbanidades

Miserable millonario

Hace un mes, me arranqué los ojos. Estaba abrumado de tantos colores y formas, y no tuve más remedio que dejar los cuencos vacíos. Dicen que sangré mucho, pero no lo pude ver, aunque mis ojos ahora estaban en mis manos. Años de evolución y aun no podemos ver nuestro propio rostro sin la ayuda de un espejo. Ya no necesito tampoco de espejos. No volveré a verme ni volveré a ver nada que me preocupe o cause estrés.

Ahora mis otros cuatro sentidos se han agudizado, ya me estoy hartando un poco. Escucho más que antes, cosas que no quiero escuchar, llamadas telefónicas ajenas, el repetitivo y enérgico golpeteo de maderas contra la pared de mi vecino de junto y los gatos moribundos que corren por la calle, víctimas de aquella mujer que gusta de intoxicar animales.

No me gusta la música y es un suplicio tener que ir por la calle escuchando todo ese escándalo. Tengo los intestinos hechos un nudo. Lo sé porque puedo percibir a través de mi piel, la grasa y el tejido muscular. Ya decía yo que esa punzada abdominal no era normal y vomitar todos los días, cinco veces, no es muy saludable.

He querido poner manos en el asunto, probablemente mañana vaya por un afilado amigo a que me des-nude el intestino y tenga una molestia menos. Pero mientras tanto decidí arrancarme el cabello. Me estorba, me pica y no lo necesito más. Podría usar unas tijeras, pero no puedo ver dónde están, por ello prefiero arrancar uno a uno. Puedo escuchar el tirón y el desprendimiento del cuero cabelludo de cada uno de ellos.

He quedado calvo, tuerto y podrido. Completamente incapacitado. Olvidé mencionar que después de la ardua labor de arrancarme el cabello uno por uno, me dolía tanto la mano, que decidí cortármela. No querrás saber cómo. Así que hoy no estoy ni cerca de ser el hombre que era hace un año.

Calvo, tuerto, podrido y manco. Completamente incapacitado. Ahora si puedo ser rico. Voy a ser rico. Nadie en la calle le dice que no a un pobre desgraciado como yo pidiendo una moneda, la que sea. Tu la trabajas, yo la gano. Y sólo tuve que quedar calvo, tuerto, podrido y manco.

 

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