Música
Buenas costumbres, Ciencias informales, Música, Pop

La música es color blanco.

Música

Un día en la clase de ilustración, el profesor nos preguntó qué color era el más feo. Hubo muchísimas respuestas, tantas como colores y ante todas estas, sólo respondió: “No hay colores feos, hay colores que no nos gustan”. Bien callados, pensando en esa aseveración.

Siempre veo las cosas en colores, no porque tenga la facultad de ver colores, sino porque cosas intangibles, o conceptos, en mi mente tienen color. Por ejemplo, para mi los lunes son blancos, los martes violeta, los miércoles amarillos, los jueves púrpura, los viernes naranja, los sábados azules y los domingos son amarillo-blanco.

Lo mismo me pasa con la música. Cada género tiene su color, el rock es rojo, el pop es rosa, la electrónica es púrpura, la cumbia es naranja, la salsa es verde (LOL), el tango es negro, el danzón es dorado, la grupera es café, etc.

Siempre que alguien me pregunta qué música me gusta, respondo “de todo”, pero en realidad odio dar esa respuesta, es genérica y evasiva, es una forma de decir “no me gusta nada, lo que sea está bien, no hay tos”. Sin embargo no es mi caso. Literalmente, me gusta de todo.

No podré decir jamás que me gusta sólo determinada música, o que de plano odio un género en específico, porque siempre he creído que cada género tiene su encanto. Si, hasta esos géneros populachos que las personas finas y de gusto impecable, no escuchan (o eso dicen), porque va en contra de las “buenas costumbres del mame”.

Siguiendo la metáfora del color, basándome en el Disco de Newton, puedo decir que la música es de color blanco. Los géneros son de colores, y no hay colores feos, hay colores que no nos gustan. No hay géneros malos, hay géneros que no nos agradan.

Todo este choro para platicar que me puse nostálgica, recordando los early 2000s y mi conflicto de identidad musical. Amaba a los Backstreet Boys en secreto. No sabía qué chingados decía Tarkan, pero me gustaba el ritmo. El happy punk-pop de azúcar me cagaba. Mamaba el grunge. Intentaba cantar como Brody Dalle y en secreto escuchaba a Hilary Duff. AFI me encantaba, pero también las canciones de Lindsay Lohan (si, no todo en ella fue cocaína o Juego de gemelas).

Björk era mi heroína y The Dresden Dolls mi inspiración y no por eso dejé de bailar cumbias y reggaeton en fiestas. Amo Röyksopp y The Chemical Brothers, pero me se todas las de Belanova. Me caga Belinda. Me aprendí las coreografías de Christina Aguilera y Britney Spears. Mamo cantar a todo pulmón las de Electric Licht Orchesta y Aretha Franklin. Al calor de las chelas, a veces se me sale cantar unas de banda.

Así que si un día me preguntan “¿Qué música te gusta?”, voy a responder que de todo un poco y es en serio. Mi iPod es prueba de ello. ¿Orgullosa de mi gusto musical? No, pero tampoco avergonzada. De más joven me daba mucha pena admitir, por ejemplo que me gustaba la cumbia. Mi onda era “me pinto las uñas de negro, no me peino, la vida apesta, no bailo cumbias en solitario”.

Así que cuando logras superar el pedo existencial de expresión personal-musical, Dobby es libre de que le guste lo que le de la gana. No hay música mala, no hay gustos culposos, solo hay géneros que no nos gustan y gente a la que no le gusta nuestros gustos. Y eso no te hace naco, ignorante, fresa, mamón, chavoruco, etc.

Sólo es música.

Que no te de pena y dale a tu cuerpo alegría, Macarena…ehhh Macarena AAAAIGRRHH!!

Ahh si, el Disco de Newton por si no lo conocían:


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