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Déjate subir…

elevador-Don-Draper

La vida en un edificio de oficinas tiene un encanto único, como todos los sitios donde un grupo de personas que comparten características comunes, conviven y crean una cultura muy particular del lugar en donde se desenvuelven, como podrían ser los mercados, las vecindades, el transporte público y cualquier otro ejemplo similar, y dentro de este ambiente frío y cromado propio de las oficinas modernas, la subcultura del elevador no es la excepción.

Un elevador no solo es una cabina que te lleva de viaje entre niveles en un par de minutos, es una cápsula de conocimiento, un laboratorio social empotrado en los edificios para hacerle el trabajo sencillo a los que laboran más allá del 5to piso y el trasero más gordo a los que han olvidado qué son las escaleras y lo usan para evitarlas de un piso a otro. A estas alturas -a las cuales no he llegado usando ascensor– no sé qué tráfico me choca más, si el del camión o el del elevador.

En el elevador, el aire se vicia, la gente se pelea por entrar, todos te golpean con sus maletines, alguien te respira en la nuca y por supuesto, te toca chutarte sabrosos chismes de oficinas ajenas, donde la compañera de la pasajera de al lado llevó gorditas y huevo hervido para desayunar, convirtiéndose automáticamente en una persona non grata para toda la compañía.

El clímax del tráfico de ascensor, saca el animal que todos llevamos dentro, porque cuando de llegar temprano se trata, se pierde la diplomacia, la decencia, los estribos y el sentido común, pues algunas personas ya olvidaron que lamentablemente, a pesar de tener botones, el ascensor no es un maldito genio de los deseos. Es un momento único de interacción, una speed date Godínez, donde se socializa con los otros pasajeros hablando lo estrictamente necesario: “buenos días”, “con permiso”, “por favor, ¿puede apretar el 18?”.

Afortunadamente esto no dura tanto, solo en lo que llegas a tu piso y te abres paso a codazos entre la multitud, para así poder de nuevo respirar aire acondicionado puro, de edificio sin ventanas. En el mejor de los casos abordarás el elevador en el religioso momento smartphone y todos estarán sumergidos en las pantallas de sus teléfonos, demasiado ocupados como para siquiera notar tu presencia o si son vacaciones, puede ser todo tuyo.

Como todo lo desconocido, la primera vez que tomas un elevador no sabes ni qué carajos apretar y piensas que se va a desplomar y morirás hecho puré en cualquier momento. La buena noticia es que con el uso y el ridículo aprendes a agarrarle la onda, para luego ser casi un máster en elevación de masas y cuerpos. Esto me ha enseñado algunas cosas importantes, al menos hasta que deje de usar elevadores:

  • No sirve de nada apretar 800 veces el botón de llamado. El elevador viene cuanto tiene que venir. Bueno, a veces simplemente cuando se le pegan los cables.
  • La gente es una hija de puta y disfruta de cerrarte las puertas en la cara.
  • Hay gente todavía más hija de puta que cuando por fin llega a tu piso, cierra la puerta porque tiene mucha prisa.
  • El chisme ajeno es patrimonio cultural de la humanidad.
  • Ligar en el elevador requiere de mucha pericia, porque tiempo no sobra y la prisa es una constante.
  • Eso de “hay que chingar porque los de atrás vienen chingando” nunca fue más verídico que a la hora de tomar el ascensor.
  • La equidad de género vale madres, en el elevador primero entran las damas. Lástima por el brother que llevaba 20 minutos esperando su turno y cuando por fin llegó, ya no pudo entrar por dejar pasar a 15 mujeres.
  • Cuando los burócratas están de vacaciones, se respira la alegría y la libertad de operación en los ascensores.
  • Hay un lugar especial en el infierno para los que llaman al elevador pero prefieren irse por las escaleras, repitiendo esto piso por piso, provocando que en cada nivel se detenga, el trayecto se ralentice y los nervios colectivos colapasen.
  • Si traes un ramo de flores, globos o peluches VETE POR LAS ESCALERAS.
  • Si hueles mal o andas muy flojo de aires de intestino VETE POR LAS MALDITAS ESCALERAS.
  • Después de año nuevo, curiosamente el 60% de los elevadores se descomponen, obligando a las masas a hacer uso de las escaleras. Bueno, está bien por eso de los propósitos, ¿no?
  • Quedarse atrapado en el elevador cuando hace alguna operación atípica, es sinónimo de crisis nerviosa.
  • No hay cosa más incómoda que hacer contacto visual con la persona que llevas embarrada a falta de espacio.
  • Dos pisos no son tantos pisos. No sean cabrones, ¡USEN LAS MALDITAS ESCALERAS!

El elevador nunca deja de sorprenderme, pues siempre lleva algo muy peculiar que me hace el día, excepto aquella vez que se abrió la puerta entre dos pisos, eso si estuvo muy ojete. Pero bueno, aquí seguimos y mañana probablemente me entere de otro chisme de personas que no tengo la menor idea quienes sean, pero cuyos hábitos alimenticios ya son un tema de conversación. Por lo pronto me despido dejando este educativo tutorial sobre cómo hacer una horchata en un elevador:


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