Cuento, Gente loca, Sabiduría, Urbanidades

La mesa de los desgraciados.

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La primavera empezaba a dar señales de vida al comienzo del mes de marzo, después de ese fin de semana tan de mierda, en el que su reciente ex-nada se acababa de marchar a un viaje sin retorno a las profundidades de su indiferencia, y de golpe, la noticia de que las semillas de otros seres humanos empezaban a germinar. Esa semana en que todo florecía, algo en su persona poco a poco se marchitaba.

Marchitarse por nada es un vicio de bajo costo con secuelas de larga duración. Los que nacen para ser desgraciados por todo, mueren desgraciados y por desgracia, aún no lo pueden llevar a cabo. Porque son desgraciados, no suicidas. Aunque se atiborren de alcohol y se expongan a toda clase de peligros, ahí siguen, tan vivos y desgraciados como el primer día. Aunque todo en la vida sea bueno, tengan salud, amor y dignidad, todo es una absoluta basura.

El sábado en la mañana hizo sus maletas y se marchó, a la primera ciudad lo suficientemente diferente como para olvidarse un poco de quien era. Al llegar, el frío de la serranía no le causo nada más que ganas de quitarse la chaqueta. Porque por más que la primavera estuviera al pie, quien tiene más frío en el alma, no puede calentarse con nada más que con alcohol y eso, solo en un intento desesperado.

Esa noche, en aquel bar de cuarentones que aun le cantan a sus 18 años, mientras se disponía a perder la cabeza en compañía de un par de amigos y un sinnúmero de cervezas belgas, vio que le vio. El desgraciado solitario de la mesa del pasillo. Parecía hipnotizado por sus vulgares carcajadas, respondiendo solo con miradas huidizas. Ante esto, ella solo se limitó a formular en su mente: “¿será que los desgraciados nos reconocemos aun sin haber cruzado palabra?”. Aparentemente así era.

De todo lo que superficialmente pudo notar de aquel taciturno personaje de la mesa del pasillo, era que no pasaba de los veintitantos y que aparentemente, tenían una afición en común: la escritura. A lo largo del penoso espectáculo de rockeros con más de 40 años encima y que no se sabían las canciones que intentaban interpretar, el misfit presa de su atención, agotó las servilletas de la mesa escribiendo. Consumió más servilletas que cervezas y en un santiamén, como si hubiese sido truco de aquel viejo mago curtido en alcohol que amenizó la noche, desapareció.

La curiosidad fue más fuerte y gracias al falso valor que por la cerveza había adquirido, fue con el mesero y preguntó por la obra del escritor desconocido. Al menos por ella. Con una carcajada burlona, el muchacho que apenas tenía un par de meses laborando en aquel bar, soltó las servilletas y el perfil del cliente: un solitario deprimente que siempre se bebía dos cervezas, XX Lager, escribía, dejaba su obra y se marchaba. Religiosamente, los viernes y sábados.

Obra que, religiosamente, viernes y sábados terminaba en la basura. Hasta que la curiosa con aliento alcohólico llevó a cabo sus pesquisas exprés y se hizo de un fragmento de la obra de aquel solitario deprimente de la mesa del pasillo. Y vaya que lo era. Un desgraciado más en este valle de lágrimas llamado vida. Un desgraciado que notó su desgracia y a un par de mesas de distancia, brindaron anónimamente.

Ya instalada en la misma mesa donde se escribieron párrafos con apenas unos acentos faltantes, que describían a detalle apasionadas ganas de morir, sin llegar a ser suicidas. La risa se apoderó de ella y en un acto reflejo, salió a buscarlo, pero ya era demasiado tarde. El desgraciado escritor de las servilletas había desaparecido para siempre, porque entre sus planes no se encontraba el regresar a dicho bar de aquella fría ciudad, donde se había peleado con el frontman de la banda gracias a su incompetente interpretación. Al rock se le respeta y al espectador también.

Y justo cuando más festiva se estaba poniendo su cabeza, la mesa del pasillo era ocupada nuevamente. Esta vez por una especie de Alex Turner de cabello azul. No parecía tan desgraciado como el anterior ser que la ocupó. Lo más desgraciado que había en él, era su cabeza. Demasiado azul. Azul. Como los labios de un cadáver.

A pesar de que sentía cierto desprecio por atreverse a calentar la silla de su -hasta ese momento- desgraciado favorito, le pidió un cigarro en la puerta. Aunque su propia cajetilla estaba rebosante de tabaco y la cual había adquirido en un arranque de autodestrucción pasiva, violando su débil reglamento de buenos hábitos.

Un par de carcajadas bobas, auspiciadas por el curtido mago que aseguraba haber sido pelirrojo muchas primaveras atrás, llevó esta efímera relación al siguiente nivel. Bebieron, fumaron, lloraron y abrieron sus desgraciados corazones el uno al otro, en esa mesa, la mesa del pasillo y finalmente, después de compartir por fin un poco de calor en un abrazo, ese par de desgraciados desconocidos, fundieron sus labios en un tibio beso. Tibio de ser y esencia, porque significaba nada, sin embargo, en ese momento, era todo lo que tenían.

Era lo máximo. A falta de amor, a exceso de autodesprecio, a nada del inevitable adiós.

La mesa de los desgraciados, una mesa cualquiera, en un sitio corriente donde se bebe alcohol, donde se tejen historias de corazones rotos que buscan con desesperación algo que les anestesie por unas horas, aunque el dolor de la existencia permanezca incluso con mayor violencia al día siguiente.

Ella me enseñó a no juzgar a un lobo solitario, a un ebrio o a un desgraciado en un bar. Porque todos hemos sido ellos y no sabemos cuáles son sus penas a ahogar. Si son desgracias reales, o ese vulgar vicio de marchitarse por nada


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