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Lost in traslationacional.

barda-de-vidrio

Soy de esas personas que siempre se han asomado por la barda para ver qué hay más allá de los puntiagudos vidrios de seguridad, sistema 100% mexicano y que funciona poca madre,  como muy pocas cosas en este país. A su vez, este sistema de sucios y puntiagudos vidrios colocados en la orilla del muro, tampoco nos permiten dar un salto a lo desconocido.

Así estuve 26 años de mi vida, rodeada de la peligrosa seguridad de esa barda mental desde la cual siempre me conformé con ser espectadora. Porque no saltar era seguro, no me iba a doler, las heridas no se me iban a infectar y principalmente porque iba a conservar intacto todo aquello que conocía. Hasta que un buen día, sucedió lo más inesperado de lo inesperado.

Un suceso improbable me empujó, en medio del calor tropical y de la humedad abrasadora a saltar. Ni siquiera tenía listo el calzado. Ni siquiera tenía lista la vida. No sabía lo que era volar muy por encima de los vidrios, no tenía idea de que la presión de la altura revuelve las emociones hasta crear una indigestión con la cual apenas es posible sobrevivir.

Dejé todo atrás y de pronto el salto ya me había llevado a latitudes insospechadas. Áridas, con bardeado de cerros y un clima extraño. Cualquier rastro de emoción cuyo vapor condensara en lágrimas, pronto estas eran un recuerdo y se volvían parte del ambiente. Mi nuevo ambiente. Solitario la mayor parte del tiempo, pero es mi nueva cotidianidad. Los amaneceres se ven invertidos y el cabello me queda increíble.

Llegar a un lugar nuevo ya es difícil, pero si empiezas de cero y no conoces a nadie, el reto es aun más intimidante. Si no comprendes mucho sobre el nuevo lugar donde radicas, lo mejor es observar, pero para alguien que gusta del habla tanto como yo, es un reto callar y observar. Confío que eso me hará ligeramente más sabia. O quizás menos inmadura.

Mis nuevos mejores amigos, son Google Maps, Ruta Directa y Uber. Mis mejores charlas, dato clasificado. Mis amigos de siempre, los extraño todo el tiempo. Mi familia, siempre en mi corazón. Perros, hay muchos en la calle y todos son mis amigos. En esta ciudad el vacío canino que dejó Polinesia, quizás no se llene nunca, pero en algo ayuda que un perro sucio de la calle menee la cola cuando le hablo.

Esta morena llegó al norte con una sola idea en mente: explorar lo desconocido. Y no hablo solo de lo que en geografía o cultura respecta, que ya es todo un caso de “lost in translationacional”. Lo desconocido incluye mi respuesta a todo lo que siempre he temido: conocer gente, darme en la madre, perderme en la calle, sangrarme los pies, llorar en soledad, no emitir sonidos hasta que se me partan los labios, comer cosas que no me gustan pero que me quitan el hambre, correr, cagarme de miedo, reír de lo estúpido, extrañar, ponerme nerviosa por nuevas experiencias y confiar en que todo saldrá bien.

No sé qué versión de mí regrese de visita a mi vieja morada, pero quizás se acerque más a la versión de quien estoy destinada a ser por el resto de mis 20s, que ya no me quedan tantos.


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