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¿Y ahora qué hago?

Luego de unas semanas de vivir lejos de la famosa “confort zone”, estoy un poco menos perdida en la vida. En la ciudad, todavía. La buena noticia es que empiezo a identificar los cerros y con eso me ayudo a ubicarme. GPS mis huevos, al final del día la batería del celular se va al carajo y con ello las aplicaciones que me hacen las cosas más fáciles.

Si hay algo difícil, definitivamente es la soledad. Yo vengo de una cálida y pequeña ciudad donde cada fin de semana te topas a casi todos los que conoces, ya sea en un bar, centro comercial, el elevador, una peda o en el Oxxo y bien o mal compartes un par de comentarios solo por no dejar ir en blanco el encuentro. En cambio aquí pasan horas hasta que hablas con alguien:

  • Muy temprano, odias a toda la humanidad y lo único que deseas es llegar a tu lugar en el camión para poder dormir los próximos 40 minutos.
  • A medio día estás demasiado ocupado como para poder entablar una charla de oficina completa y te conformas con solo escuchar… con los audífonos puestos.
  • La hora del almuerzo es cuando.
  • De regreso, lo único que quieres es llegar a tu lugar en el camión para poder dormir los próximos 60 minutos.
  • En casa, charla exprés con los seres humanos que te rodean, cita con Morfeo.

Mi sentido del humor es muy básico (por no decir pendejo), especialmente porque todo me recuerda a alguna escena de Los Simpson y aunque es difícil creerlo, hay personas a quienes no les gustan, por lo que me convierto en un rotundo fracaso en todos mis círculos sociales inmediatos. Sin embargo ahora ya no me cuesta tanto trabajo adaptarme a una conversación, especialmente si de relatos del trasporte público se tratan, por que de esos tengo chingos.

Los conductores de Uber son buenos dándote tips de recién llegada, porque claro, mi acento delata que no soy de aquí. Por extraño que parezca, tampoco deja muy clara mi procedencia costeña, incluso uno me dijo si era de CDMX o uno de esos lugares del centro. Y cuando respondí que soy de Veracruz, tal parece que todos querían darme el pésame por haber nacido en uno de los lugares más abandonados por Dios.

Uno de esos conductores asumió (sin equivocarse) que por ser de Veracruz me gusta bailar salsa, así que me recomendó una salsoteca en el Barrio Antiguo, cuyo nombre olvidé. Aun así, valoro el detalle de hacerme sentir en casa, aunque alegó que a los norteños no les gustan mucho los ritmos caribeños. Y bueno, no me quedó más que hacer un equilibrio de disgusto cultural cuando dije que a mi no me gustaba la banda.

Pero lo más importante que he hecho aquí, además de soportar estoicamente el tráfico y las largas horas atorada en el mismo, definitivamente es forjarme un carácter de “a mí no me jodas, perrx”. La amabilidad en las calles me duró una semana. Ya aprendí a dar codazos, abrirme paso entre la multitud y a no decir buenos días cuando evidentemente la mayoría hubiera preferido no despertar.

¿Ahora qué hago? Planes y vagancia. Aun me pierdo muy fácil, pero siempre y cuando no sean las 8:30 pm. y traiga datos, todo es más sencillo. Identificar sitios de interés es un must, porque francamente no me veo con los labios sellados por mucho tiempo. Eventualente debo encontrar a mi respectiva panda de chiflados regios (chiflados, en el sentido de “locos” -porque aquí ser “chiflado” es ser “consentido”-) con los cuales compartir impresiones sobre los capítulos clásicos de Los Simpson y de vez en cuando ir por unas bebidas.

Por que el amor por la cerveza, es lo que une al norte con el sur… ¡Salud!

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