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Infiernos

En conjunto todos los eres humanos formamos una población de egoístas. Se dice que desde nuestra perspectiva, sí somos el centro del universo, y como tal nos comportamos. Como si todo girara alrededor nuestro y estuviera enteramente a nuestra merced. Nos creemos increíblemente especiales, invencibles, graciosos y maravillosos. Hasta que llega el día en que nos topamos con la ríspida realidad de que no somos ni de cerca, un poco de todo lo anterior.

Sin embargo, evitamos a toda costa ahondar en el backstage de esas características públicas de aquellos de quienes nos rodeamos, incluso de nosotros mismos. Es más fácil así, no nos involucramos demasiado, ni enfrentamos lo que desde hace mucho no queremos ver. Callar, no ver, ni escuchar, no erradica los infiernos.

Pero, ¿cómo reaccionar cuando alguien pone su infierno al descubierto? ¿Qué hacer para consolar a alguien que se encuentra en sufrimiento público, sin máscaras? ¿Es posible hacer algo de valor? Generalmente solo guardo silencio. Dudo mucho que cualquier cosa que salga de mi boca sea más reconfortante que un abrazo. Los abrazos son la vitamina y la fuerza que el cuerpo y el alma necesitan, y pueden no ir acompañados de palabra alguna.

Aún así, ofrecer abrazos es una responsabilidad. Eres responsable del momentáneo consuelo del que lo recibe, de poner tu corazón alineado al de otro ser humano, de sentir su sollozo en tu hombro, intentando calmar la desesperación ajena. Aunque de cierto modo, también alivia, aunque no sea uno quien esté poniendo las heridas al descubierto. Te hace ver y sentir que pese a las apariencias, la vida perfecta no existe, ni siquiera para quien parece tener todo resuelto. Te hace sentir crudamente más humano.

En un momento así, como en muchos otros, lo más prudente e inteligente, es guardar silencio. El silencio es el mejor amigo de los idiotas en rehabilitación, pues al suprimir la comunicación oral, se desarrollan más los canales de comprensión y eventualmente se logra comunicar solo lo importante, sin ruido que afecte susceptibilidades ni deje en evidencia lo bruto de las palabras dichas per se.

Ser humano, tan agotador y complejo que en vez de enfrentar dicha condición, la ocultamos tras convencionalismos banales que hacen menos miserable al espectador. Hacemos de nuestras circunstancias un circo para entretener a otros payasos que no nos importan y vemos en su absurdo modo de vivir, una mala comedia para la cual reírse por compromiso, es un gasto de energía inútil.

Así que no bajemos el telón. Aún hay muchas máscaras por utilizar, antifaces, maquillaje y gestos por mostrar. El infierno es siempre una realidad digna de exponer, es una obra maestra que debe ser apreciada por los demás. Solo así, con ese choque de crudeza es posible hacer mella en la médula. Solo así se pueden experimentar sensaciones de dudosa naturaleza, que nos harán replantear todo sobre quienes somos.

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