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Misterios.

Aún no me acostumbro a lo resbaloso de las calles en esta ciudad y tampoco a la peligrosa práxis para cruzarlas. Diario solo me uno al colectivo y cruzo en enjambre las avenidas, con el riesgo latente de terminar hecha puré por uno, dos, o varios carros, para después ser la novedad del morbo en El Norte. Eso solo, claro está, como una viscosa hipótesis de la cual probablemente mi madre no quiera escuchar.

Sin embargo, el riesgo de morir de formas muy idiotas siempre me respira en la nuca. Puedo tropezar con un cable y caerme por la ventana, o como me sucedió el fin de semana, resbalarme en las escaleras. Bueno, eso quizás no me mataría, pero sí me dejaría varios hematomas más para coleccionar en este álbum de misterios llamado cuerpo. Mi cuerpo, mis misterios.

Mi cuerpo y yo hemos sido confidentes de heridas y caricias, tenemos códigos secretos y un número infinito de recovecos que desde la superficie pública nadie puede siquiera imaginar. Mi piel ha registrado con minuciosidad el tacto, la presión y la sensación de las manos que me han llevado al éxtasis. El grosor, la temperatura, la profundidad y el filo de cada instrumento punzo cortante que dejó marca en ella. Es el lienzo en degradado de diferentes tonos, que van desde el vainilla de origen, hasta el canela de clase media. Ha visto pasar los más épicos arcoíris después de cada golpe que me ha hecho gritar bien fuerte un “¡puta madre!”, hasta desaparecer.

El día que mi cuerpo no se más mío, y yazca como simple materia orgánica en una plancha forense, todos los secretos no lo serán más. El largo de mis uñas, todos mis lunares, las cicatrices para las cuales siempre tuve una historia, mi mandíbula desbalanceada, las marcas de perforaciones y varicela, mis muelas con resina, las partes mejor depiladas, el callo en la muñeca por usar la computadora, mi diente roto y las letras en mis brazos, estarán a merced de quien limpie el cuerpo sin cuidado, con jabón desinfectante que no tendrá aroma a flores ni a vainilla.

Mis vicios, deficiencias y órganos atrofiados o faltantes, serán evidencia y carta de presentación de lo que fui. Qué fue lo último que comí y bebí. Según el desarrollo de determinado tejido, podrán saber si era más sedentaria o atlética. Cuántas veces me torcí el tobillo o si tenía alguna enfermedad de la cual no estaba consiente. El momento más intimo con otro ser humano, será el más frío y ya no podré presenciarlo. No podré decirle que no me mire determinada zona, ni que no me gusta la forma en que me toma del brazo, que no quiero parecer payaso con ese maquillaje horrible que usan para los muertos y sobre todo, que no quiero estar ahí.

Porque ya no estaré. Quizás solo lo que quede de mi, pero eso ya no es cosa mía. Elegir es de vivos y después de todo, nadie sabe a donde va lo que con trabajos se alimentó de experiencias, pláticas y libros. Se dice que el más allá nos espera, pero lo que yo creo que en realidad, nosotros lo esperamos a él, al menos esperamos que exista, porque desparecer así como así del universo, es una idea que no nos seduce nada, por ello tuvimos que inventarnos un sitio que nos sirva de consuelo hasta el último bombeo de sangre.

Mientras tanto, antes de entregar mi esperanza al más allá, seguiré registrando sensaciones y alimentando de pensamientos profundos e inútiles, eso que no sé a donde irá después. Abrazaré mi cuerpo mientras sudo y pasaré mis dedos por encima de las cicatrices, sonriendo de satisfacción por tener todavía suficiente piel y suficiente cuerpo para convertirlo en el mejor testigo y evidencia de lo que fui, de lo que soy y lo que seré hasta mi último suspiro.

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