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La pantalla de El Buen Fin.

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Para empezar, debo decir que esto de “El Buen Fin” siempre me había parecido una treta asquerosa para hacernos comprar a lo bestia cosas que ya estaban a buen precio antes de esta oda al hiperconsumo. No sé si sea porque ahora vivo en otra ciudad que noto el cambio o porque ahora sí me fijo en lo que compro o pretendo comprar. Desde que me mudé a Monterrey he tenido escasez de todo, pero poco a poco me he estado haciendo de mis cosas, siendo los más básicos y fáciles de conseguir, los primeros que he adquirido. Obviamente, después de vivir en la comodidad de la casa de mis padres, estoy acostumbrada a cosas que en soledad son un poco más complicadas de obtener, como una pantalla. Nunca se me hizo un must, hasta que me topé cada noche con el silencio o con la necesidad de prender mi laptop para ver algo en Netflix y no aburrirme o picarme las espinillas de la cara.

Porque sí, aunque sean pantallas, siguen teniendo la función de televisión y así les llamo. Creo que mucha gente de mi edad ve esto como del año de la canica, especialmente esp de tener “cable”. No sé los hábitos de mis coetáneos modernillos, pero yo amo tirarme en la cama, tomar el control remoto y cambiar los canales de mi paquete de televisión por cable porque ¡nunca sabes con qué maravillas te puedes encontrar! Y ese placer de lo aleatorio ni Netflix, ni ningún otro sistema de streaming te lo puede dar. Y neta que he extrañado ese placer común del hombre moderno. Así que, obedeciendo a mi impulso consumista (que tengo bastante bien controlado la mayor parte del tiempo) me di a la tarea de buscar una pantalla a buen precio en algún empeño. Obviamente, porque hay cosas para las cuales no soy tan quisquillosa.

Y la encontré. Súper precio, buen tamaño y sobre todo la mejor actitud para gastar. A pesar de que hacía mucho calor, no pretendía dejar pasar la oportunidad de comprar una pantalla a menos de $2,000 MXN, así que ante la negación del sistema para cobrar por tarjeta, corrí al cajero más cercano… En la estación del metro… La cual no tenía dinero y tuve que ir a otro cajero, dando más vueltas y acabando más sudada que una sopa instantánea recién salida del Oxxo. A pesar de que estaba muy cansada por la vuelta rápida que le di a ese perímetro del centro, respondí con buenos modos a la plática que me hacía el vendedor y eso que no me encanta platicar con vendedores, porque casi siempre son muertos en vida o simplemente gente muy mierda. Pero los comentarios del morrito me daban mucha risa, me recordaba a Paul Dano en Little Miss Sunshine pero con el carisma de Bart Simpson. Tan Bartiano, que hasta me dijo que parecía estudiante de 21 años, por lo que me cayó aún mejor*. Todo iba bien hasta que me acompañó al Uber para subir la pantalla y me pidió amistosa-coquetamente mi teléfono, cosa que por supuesto no obtuvo porque: no. 1.- A mi me gustan mayores, de esos que llaman señores; no. 2.- Ya tengo uno de esos que menciono en el punto anterior. No es cierto, no es señor, pero sí es más grande que el chavito en cuestión.

Ralph-Wiggum

Pude ver exacto el cuadro en que se le rompía el corazón cuando le dije que me era imposible acceder a su petición, pero por dentro me estaba cangando de risa. No vi venir que esa amabilidad para con el cliente era realmente porque quería conocerme y más gracioso es que no sé ni por qué. Estaba sudada y asquerosa, iba básicamente en fachas y sobre todo jamás intenté captar su atención. Mi yo de 18 años hubiera estado bien pinche emocionada, porque en toda mi vida adolescente jamás obtuve atención masculina de nadie que me resultara remotamente ameno. Siempre me resultaban muy básicos los güeyes que me tiraban la onda o muy pasados de lanza, pero generalmente yo era la bateada. No sé ni por qué, si yo he sido encantadora toda mi vida. Misterios del tercer milenio…

Al llegar a casa, con antena del mercadillo en mano, conecté la pantalla y me dispuse a ver televisión. Me habían dicho que la TV abierta regia era buena, pero me mintieron vilmente porque, ¡oh! ¡El horror! Me topé con puros programas de música grupera y/o  de partidos de fútbol, particularmente de comentaristas del clásico regio (en el cual ganaron los Rayados -por si andaban con el pendiente-). Esto puede que sea de lo más normal para el regio promedio, pero no para mi, porque obviamente no lo soy. Ya más entrada la tarde encontré un par de películas (dobladas, por supuesto) y pues como no había nada más que ver, ahí le dejé. Luego encontré la versión mexicana de Master Chef (que probablemente todo México ya conocía, menos yo porque nunca de los nuncas veo TV Azteca) y me dio hambre. Después de comer me dio sueño. Dejé la televisión prendida mientras me quedaba dormida. Supongo que en algún punto recordé que ahora yo pago mi consumo de luz y me levanté a apagarla porque se me olvidó comprarle baterías al control remoto. Así que ese placer de chiflada que me daba al arrullarme con la TV encendida debo sepultarlo pensando en la verdadera pesadilla que representa un recibo de CFE.

El domingo desperté con ganas de ver En Familia con Chabelo, pero una punzada en el pecho me hizo recordar que ya tiene buen rato fuera del aire. Como niña con juguete nuevo, encendí la TV con la ilusión de encontrar cualquier cosa que no fuera música grupera o mujeres de senos prominentes hablando de fútbol. Y sí encontré, películas de la época de oro del cine mexicano. Aprecié la galantería de los actores en aquellos tiempos, cosa que nunca hago porque generlamente me aburren ese tipo de películas. Ya saben, papeles sobreactuados, machismos, cursilería y una especie de shock pensar en que esos actores que se ven tan guapos podrían tener la edad de mi abuelo y la idea de gerontofilia me da mucho asco. Justo cuando estaba por apagarla, aparece Libertad Lamarque.  Fue curioso que lo dejara porque solo recuerdo haberla visto cuando salia de madre superiora en Carita de ángel, o sea, bastante mayor y creo que jamás la había visto de joven. Resultó ser una película biográfica de alguien cuya existencia desconocía pero vaya que he disfrutado su obra gracias a Ely Guerra: Maria Grever.

‘Júrame’ es una de mis canciones de amor favoritas. Es de esas canciones que le dedico a eso que yo creo es el amor. Y en este punto podría decir que la siento más que nunca.

“…yo te juro que yo misma no comprendo el por qué de tu mirar me ha fascinado. Cuando estoy cerca de ti ya estoy contenta. Yo quisiera que de nadie te acordaras. Tengo celos hasta del pensamiento, que pueda recordarte a otra persona amada”.

Zas en toda la cara, bitch.

Me acordé de él. Mi él. Yo no sé si el amor tiene notas dulces o amargas, pero puede que sea una cosa límite entre ambas. Recordé que la primera vez que lo vi me gustó, la primera vez que lo escuché me encantó y la primera vez que lo besé… me rendí. Estar con alguien es un salto de fe. Enamorarse implica equilibrio, miedo y muchos huevos. Querer a alguien es estar para la causa, incluso cuando las cosas se ponen difíciles o no las comprendamos. Es tratar de entender que si alza la voz, es porque así hablan los regios y no porque esté enojado. Y que si habla mucho, y parece que jamás va a callarse, no es porque tenga diarrea verbal, es porque es jarocha. Es hacer de cenar juntos, es llorar viendo una película de Pixar, es reconciliarse pronto después de una discusión tonta, es apoyar al otro aunque no estés de acuerdo con sus ideas, es compartir la cama para hacer el amor o simplemente… para ver la televisión.

Y es así como esta entrada tuvo un giro inesperado, porque así de random estuvo mi fin de semana. Además que ya tengo esto del blog bastante abandonado -otra vez- y quiero retomarlo. Hoy termina El Buen Fin, pero apenas ¡aquí viene lo bueno jóveneeeeees!

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Modern Fairy Tales LSDelfina

 

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