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Cuestión de fe

Mi madre me llevó cada domingo a misa, durante mis primeros 18 años de vida con el ideal de forjar en mi la fe en el Espíritu Santo y todo lo que se supone un buen católico debe creer y vivir. Hice todos los sacramentos, confesé mis pecados a un sacerdote que no me caía bien, intenté no dormir durante interminables sermones, me aprendí todas las canciones del coro, oraciones y festividades eclesiásticas y finalicé mis estudios en una universidad católica, con misa de culminación incluida.

Mi padre impartió muchos años clases de filosofía a nivel preparatoria, haciendo caso omiso del programa de estudios para así poder dialogar con sus alumnos sobre los planteamientos de la filosofía clásica y contemporánea, o como él le llama, “hacer filosofía con el alumnado”. Lo mismo pasó en casa, muchas horas en las que debatimos un sin fin de temas varios en los que por supuesto, entraban los temas más mundanos como las artes adivinatorias y las energías, principalmente “la energía divina”. O lo que en religión se le llama Dios.

Y aunque mis padres, en sus muy opuestos estilos intentaron hacer de mi una persona de fe, solo me llené de más preguntas que de respuestas. Así crecí y así vivo, sin fe en nada que no pueda ver. No niego la existencia de nada ni lo aseguro, pero es imposible para mi conmoverme por un santo o voltear mi casa según el feng shui y mucho menos creer que mi mano dice todo sobre mi. Me resultan simples consoladores de vida, pienso en todo ello como una ilusión que le hace fuerte a las personas. Incluso a mi, que pese a que no creo en nada, a veces le pido a la vida pasen cosas buenas, aunque dudosa sobre exactamente a qué se  lo esté pidiendo.

Hace unos años fui al Festival de la Candelaria en Tlacotalpan. Entre mucha gente ebria, abuso animal y rancheros a caballo, había dos mundos: el de la fe y el de la fiesta. Ver a tanta gente arrodillada ofreciendo promesas, agradeciendo por favores concedidos, tocados por el misticismo de la Virgen de Candelaria, le pregunté a mi amiga si ella tenía fe en esas cosas. Me contó una anécdota que le pasó de niña, donde su mamá había perdido la cartera y no tenían dinero para regresar a casa, entonces de la nada llegó un billete volando hacia ellas y desde entonces cree en los milagros.

Esa noche nos acabamos el dinero, lo bueno fue que teníamos el regreso pagado. Lo malo es que no conocíamos el camino de regreso al autobús y nos habíamos quedado sin batería en nuestros teléfonos. Pasaba de la media noche y francamente teníamos mucho miedo, a esa hora había todavía más gente ebria en las calles oscuras y básicamente todo el pueblo olía a bar. En esos momentos de confusión solo pude reírme de lo gracioso que era todo, especialmente por haberme encontrado un teléfono de alta gama, prácticamente nuevo, tirado entre botellas de vodka, cuyo dueño jamás reclamó por una semana y que no nos sirvió para nada en ese momento porque no tenía batería.


 

Aproximadamente hace dos semanas no podía dormir por ruidos de extraña procedencia. Con esto no quiero decir que dicha procedencia sea paranormal. Arriba del departamento donde vivo hay una antena de telecomunicaciones a la cual le dan mantenimiento aproximadamente cada seis meses, a veces hasta altas horas de la noche. Sin embargo, esa noche escuché pasos en la azotea como a eso de la 1:30 am. por lo que me quedé con el pendiente de que fuera algún técnico-asesino-violador en serie.

Me dieron las 3:00 am en vela. A lo lejos escuché tambores y gritos, algo no habitual por mi vecindario lleno de ancianos y estudiantes amantes del reggaeton. A pesar del frío que tenía, mi curiosidad fue mayor y me levanté. Cerca de la ventana de la cocina, escuchaba los tambores casi al pie. Se me erizó la piel y lo primero que pensé dada la hora, fue un sacrificio ritual a Satanás. He visto demasiada mierda sobre conspiraciones illuminati-satanistas, así que fue lo que me pareció más viable. Pero no.

De pronto se escuchó con claridad “¡viva Cristo Rey! ¡Viva!”. A las putas 3:30 am. Me carcajeé un poco y después presencié la procesión donde la Vírgen de Guadalupe era honrada con danzas tribales, tambores, instrumentos (¿de conchas?) y penachos incluidos. Entonces me invadió la ternura. Les vi como corderitos indefensos frente al frío de la madrugada, al cual no tenían miedo porque su fe es más grande, lo suficiente como para no traer siquiera un abrigo. Me sentí un poco vacía pero a la vez atada. Ellos tienen algo que nunca he podido tener pero tampoco creo nunca hacerlo. En mi caso el frío sí hizo su chamba y mejor me guardé a dormir, pasada la tensión de los ruidos de la antena, necesitaba ya el abrazo de mi cama.


 

Este domingo 10 de diciembre se llevó a cabo la #FinalRegia. Como no regia, la verdad es que me dio un poco lo mismo. Yo no soy ni tigre ni rayada, si acaso seré tiburona por origen, pero francamente no me emociono de más. Sin embargo, Monterrey estaba vuelto loco. Apuestas, banderas, playeras, banderines, familias uniformadas por el amor a sus respectivas rayas y sobre todo, mucha cerveza y carne asada, esperando por el marcador final, en una final histórica.

Ganaron los Tigres. La ciudad envuelta en gritos de algarabía, vio a su afición ondear con orgullo la bandera de los Tigres UANL por camellones, esquinas, techos, autos, y cualquier lugar donde hubiera espacio para gritar las porras que honran su camiseta. Era un ambiente de euforia generalizada. Por aproximadamente 90 minutos, la fe de los aficionados estuvo en los 11 jugadores en la cancha. Ninguno tenía asegurado el título, pero la fe de los seguidores de ambos equipos estaba ahí, se podía percibir.

Cuando ya estaban en su punto máximo las celebraciones, amarillo y azul hasta en la sopa, un pequeño rayado solitario ondeaba la bandera de su equipo con mucho orgullo, pues aunque no disfrutaron de las mieles del triunfo, él seguía fiel y le hizo frente a las hordas de pequeños tigres que gritaban triunfalmente la victoria de su equipo. Y así será por el resto de sus regias vidas, vidas en las que tendrán fe en su equipo, ganen o pierdan.


 

Estos tres diferentes escenarios me dejaron igual que la primera vez cuestioné el creacionismo frente a la evolución: sorprendida y con muchos puntos encontrados. Sin embargo, a pesar de la irrefutabilidad científica, hay quien elige creer ciegamente en el Génesis. Casi al finalizar esta entrada, analizo de nuevo mi casi nula fe y llego a la conclusión de que no tengo fe ciega en nada, pero si puedo tener un poco de fe en algo, quizás solo pueda ser en el amor, porque pese a no ser materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma. Y aunque lo siento más como energía y esencia, es total y completamente palpable, además de que su poder de transformar todo lo que toca, lo he visto, lo he sentido y ha trascendido, probablemente hasta el final de mis días, con todos los seres, situaciones o cosas por las que sienta algún tipo de amor.

 

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