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Los amores después de Cristo.

Todos tenemos un “Cristo” en nuestra vida. Puede ser hombre, mujer o lo que sea con lo que se identifique, y es muy fácil de reconocer: hay un antes y un después de esa persona, para bien o para mal, aunque eso de “bien o mal” es relativo. Pero, ¿qué tiene de especial ese Cristo personal? Le dimos el poder. A diferencia de lo que se dice de Jesucristo, esta persona no descendió del cielo, aunque en momentos así nos pareció. Es un mortal cualquiera, quizás más común y más corriente que un chicle en la banqueta, pero cambió la forma en la que nos enfrentamos a una situación similar en que le conocimos y en la que se llevó los tesoros en bruto de nuestro ser.

Llega un momento en la vida de toda persona que ya haya pasado por este Cristo que, el simple hecho de tener una relación, ya no le parece grandioso, o si se lo parece, no tardando resulta que no desea involucrarse de más, porque, solo hay un Cristo. Los poemas, los detalles, el romance, las llamadas que duraban horas, los paseos tomados de las manos, las serenatas, las fotos en redes sociales, el pensar en el para siempre, etc. se convierten en un material prostituido por alguien del pasado. Y ahora, que estamos maduros, consientes y con ganas de ir a lo grande, de pronto el miedo se adueña de lo poco que queda de voluntad amatoria y solo puede ofrecer lo que sobró de esos tesoros.

A ti ya no te van a llegar rosas rojas a la oficina, ni poemas en San Valentín, ya no te verá como el ser más bello y codiciado, ya no querrá presentarte a todos sus amigos, posiblemente no quiera que nadie se entere de lo que hay entre los dos, porque ya no le parece importante poner una etiqueta a una relación, que se empieza con ganas, pero que de igual forma que la que tuvo con Cristo, puede irse a la chingada en cualquier momento y los ratos juntos sobreviven por obra y gracia de no sabemos qué, porque, no se sabe si es amor, o ganas, o miedo a la soledad, o a sufrir de olvido, o a sufrir de no tener clara la vida después de la crucifixión de sus sentimientos allá en ese oscuro Calvario del amor, donde un adiós le dejó sin reservas para quien llegara después y aterrizara en su corazón.

A él ya no le llegarán los detalles, ni el apodo personalizado con una historia que solo los dos entienden, ni los poemas, ni la primera vez, tampoco el pastel horneado por cumplir un año, ni el álbum de recortes, ni las escapadas en la noche escondiéndose de los padres, que no le creen va a comprar rollos fotográficos a las 8:00 pm. Ya no le tocarán las cogidas baratas en una casa prestada, ni las noches de fiesta muy colocados, ni los aplausos después de una noche de rock local, las bromas pesadas, ni el miedo a que se rompa el condón y quede atrapada en una vida de la que busca huir, aunque tenga que huir de Cristo, el cual sí quedó crucificado en una vida donde ella jamás se vio. Y escapó con las maletas llenas de nada, solo para encontrarse con un terreno vacío, una herida infectada y un mar de dudas en común.

La vida después de Cristo está medio construida con dudas y miedo, se ofrecen pedazos de escombro resanado para intentar construir algo que está débil por donde se le vea. No tiene cimientos porque ni siquiera se han tomado el tiempo de hacer los surcos y empezar una obra nueva. ¿Para que invertir en un nuevo templo para los dos, si posiblemente el terremoto del adiós lo puede derribar? ¿Vale la pena el esfuerzo? El material está fresco, pero el terreno aún tiene mucha basura y apesta. Hay colonias de insectos y unas cuantas ratas amigables, pero lo que peor huele, es esa infección en el pecho que les punza tan profundo, que los tira. Y como todas las infecciones, los hace débiles, vulnerables e inseguros, pues no saben si esa punzada es de amor o de dolor por algo que puede terminar, aunque todavía no empiece.

Algunos osados, erigen el templo aunque sea de paja. Conocen el riesgo, pero aun así lo hacen porque es lo más seguro que podrán tener. Otros nunca dejan a Cristo, le aman a pesar de no ser divino y veneran la causa en común más que nada en la vida, por una temporada considerable. Pero aquellos que dejaron de creer en que el Mesías puede aparecer de nuevo, vagan incrédulos, encontrándose con otros que sí se atreven a ver el milagro del amor incluso por debajo de las piedras, aunque hay algunas piedras que nunca se quiebran y otras que son solo polvo fino compactado, sin amor por debajo.

Y hasta que no exista el bautismo de su nuevo ser, no podrán albergar al nuevo Mesías, al redentor de su purulento corazón, aquel proveedor de tesoros, aquellos que incluso, ni siquiera imagina, puedan existir en ellos, o juntos puedan ver nacer. Una herida no se entierra, ya que se infecta y una infección con el tiempo, solo puede matar. Una herida debe lavarse, curarse y contemplar su cicatriz como un logro por haber sobrevivido. Un cuerpo fracturado aún puede respirar, y una vez recuperado, con callos en los tejidos, aun puede ofrecer hasta el amor más tierno y entregado, siempre y cuando no vean hacia abajo y el temor por caer de nuevo aparezca, porque lo cierto es que ese riesgo de caer y morir, siempre está latente.

Pero como se dice en religión, “bienaventurados los que no vieron y creyeron”…

 

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