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Adioses.

goodbye

 

Nunca me ha gustado despedirme de nada. Despedirme es ponerle fin a algo que no quiero que se acabe, pero que no tengo más remedio que dejarlo ir. Dejar ir. Tengo un problema con ello, porque generalmente siempre creo un vínculo con todo. En tiempos recientes, me ha sucedido que ese apego habitual, se convierte más en un nudo temporal que en algo que duela demasiado cuando se desprende. Ya no es una uña que se arranca, es solamente esmalte. La parte bonita y fugaz en este continuo flujo de eventos que llamamos vida.

Pero no por eso deja de ser un suceso recordable.

Reitero, como en otras entradas de este blog, mi vida cambió desde que las circunstancias me arrojaron a latitudes norestenses. Uno de esos cambios radica en la cantidad de veces que me despedido de personas, de lugares, de situaciones, de cosas, de otras versiones de mi misma, y no dejan de sorprenderme cada una de ellas y mucho menos dejan de provocarme nostalgia, porque pese a que ya forman parte de un pasado y de algo que ya no existe, al recordarlas las siento con la misma intensidad con la que sucedieron. Es algo agridulce y extraño, lo bueno y lo malo. Pero eso es lo que forjado el presente, un cómodo presente, con rutinas, lugares comunes, personas, amigos, risas, estado de bienestar… qué no sé hasta cuando va a durar.

Disfrutarlo, sí. Extrañarlo, también. En dos años he aprendido que no importa el tiempo, uno vive demasiadas vidas en lapsos relativamente cortos. Han pasado tan solo dos años y yo siento que han sido 20, incluso puedo dividir por temporadas y personajes, los habituales, los que se quedaron, los que se fueron, de formas decorosas y con dramas de por medio; aquellos que están lejos y nos dejaron grandes momentos; los que te enseñan, los que te arrebatan vida, los que te regalan suavidad. Y no solo de los mil perros de los que me hice amiga antes de adoptar a Sombra. Me da tristeza pensar que el nivel de confort que tengo ahora también se irá algún día, sin embargo, no dejaré de disfrutarlo, aunque me pese decirle adiós tarde o temprano.

La buena noticia es que poco a poco, vas dejando de sentir dolor y solo dejas los adioses ser. Un beso en la mejilla, un abrazo con puntos suspensivos, un apretón de manos. Una última visita sin saber que lo sería. El regalo absurdo que ahora cobra un significado especial. Un día de pronto te acercas a los lugares que frecuentabas con los lejanos, y lo sientes ajeno, diferente, poco familiar. Ves a la gente pasar y no reconoces nada de lo que era ese sitio antes. Ves a lo lejos a la ciudad, soberbia con sus montañas protegiendo todos sus flancos, la nata de contaminación y las torres levantándose, sepultando lo que era, enterrando a la ciudad de los fantasmas del recuerdo.

Memorias que ahora viven solo en la mente de quien todavía tenga un cerebro que les pueda dar abrigo, a las memorias, a los amigos y a los adioses…

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