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El misterioso encanto de los senos

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Desde nuestros primeros minutos de vida, los senos se convierten en nuestra más perseguida presa. En ese íntimo y primario instante en que no somos más que arrugados y casi amorfos seres humanos, el instinto nos arrastra hacia ellos, como persiguiendo llegar a nuestra primera meta: no morir de hambre. Y desde luego nuestras amorosas madres vierten su alimento en nuestra boca para darnos el primer bocado de vida y el lazo más estrecho que tendremos con otro ser humano jamás. Al menos hasta que, en dado caso, seas mujer y en algún punto de tu vida de conviertas en madre.

Y como niña creces, y ver senos pasar. Tus familiares no sienten vergüenza frente a ti porque eres pequeña y algún día tendrás que lidiar con tu propio busto y pudor. Ves a tu madre tratando de elegir el sostén correcto, con la forma, proporciones y talla que mejor le acomoden. Los tiene en toda clase de colores y a menudo te preguntas por qué elige uno en lugar de otro, si hay tanto de donde escoger. Ves a otras mujeres buscar sostenes completamente distintos a los de tu madre y de igual forma las preguntas en cuanto a los parámetros de sus respectivas elecciones vienen a tu mente. Después tratas de adivinar cómo serán los tuyos. Tomas prestados los sostenes de tu madre y no te hallas. Sabes que definitivamente, aunque no tengas con qué llenarlos por el momento, el día en que puedas hacer tus propias elecciones en cuanto a lencería, llegará. Y nunca podrás sentirte más dueña de algo tan emocionante que del rumbo de tus senos.

La pubertad toca tu puerta. Te sorprende poco tiempo antes de que llegue tu primer periodo. Hay dolor en tu pecho. Correr se hace difícil frente al latente escozor del que eres víctima a tan tiernos años, años en los que solo puedes y deberías pensar en la boy band de moda, en el niño soso que te gusta de tu clase, en salir a jugar por las tardes, pero no en lo que está por venir. En ese fino límite que divide el desenfado infantil de las responsabilidades de entrar a una nueva y complicada etapa del desarrollo femenino, se encuentra el nacer de los senos. Ahí, dormidos, de pronto salen de ti como bollos de pan reposando en la ventana esperando hincharse de tejido. Y es a partir de ese momento, en que no terminas de comprender muchas cosas, que el mundo ya tiene un plan para ti. A partir de ese momento las miradas pasan de tu rostro, a tu pecho, como su camináramos por la vida invitando a todos ser público y juez de nuestro paso a la madurez sexual. De pronto los niños tontos de la clase se convierten en cerdos morbosos y las otras niñas en bastardas envidiosas del por qué hay quien ya se inició en el mundo de los sostenes y ellas todavía no.

Ya de adolescente, el futuro de tu vida como mujer ya está escrito. Ya pasas a ser clasificada por la talla de tus curvas. Ahora el sostén y sus características hablan por ti, mucho más que cualquier otra amenidad brillante de tu persona. Hacer cualquier cosa se convierte en un reto contra la vergüenza, aún sí seas AA o DD. Todos persiguen la curva, todos persiguen el pezón. Lo persiguen con sed, aunque sea por un micro segundo de transparencia. Se imaginan la forma, la caída, el diámetro, el tono y proporción. Pueden ser tu recurso mejor explotado o bien la causa de tu inseguridad. Puedes jugar con las voluntades a merced, porque sabes que desde que nacemos, los perseguimos y aunque estén clasificados, siempre buscamos alimentarnos de ellos.

Y el alimento no siempre viene de fuera. El alimento también es personal, porque así como la gente aprende a clasificarte por sus características, paralelamente tu aprendes a sentir por medio de ellos y a darles rienda suelta a nuevas experiencias. Esa relación tan única del sutil placer que te dan tus propios senos, aprendes a llevarla al siguiente nivel cuando los compartes con alguien más y entonces la explosión de nuevas sensaciones, dan la vuelta al universo, llevándote a experimentar cosas que jamás imaginaste con una simple caricia, el tacto y el gusto adecuado aplicado a tus nuevos mejores amigos. Ver que has enganchado una mirada y un deseo con tan solo pasar tus dedos por delante de ellos, te hace sentir en control de absolutamente todo. Y en ese efímero momento descubres la desbordante pasión de la cual te pueden hacer dueña. Son tan poderosos, que así como dan vida, también la quitan. ¿Cuántas cosas no se han hecho a lo largo de la historia por un par de senos?

Solía preguntarme a veces por qué solo eran dos si es posible dar a luz más de dos seres humanos, que eventualmente serán alimentados. Pero la respuesta que me di a mi propia pregunta, es porque solo tenemos dos manos. A pesar de que su función primaria es la de proveer alimento, pasa más tiempo dándonos otro tipo de placeres que precisamente manteniendo con vida productos de gestación. Quizás por el placer es que los hombres tienen sus propios senos. Ahí, dormidos, no desarrollados, también sienten y pueden proveer los mismos nutrientes que necesita un neonato, lo cual es una prueba de que hombres y mujeres poseemos cualidades fisiológicas similares aplicadas de distintas formas. Dicho esto, quizás no somos tan distintos, solo ha sido cuestión evolutiva desarrollar más algunos aspectos que otros, por que a fin de cuentas, ambos hemos perseguido la teta en nuestras vidas.

Pero el hombre a través del tiempo es quien ha sido juez y verdugo. Ese que tanto le ha perseguido con vehemencia desde el principio de las civilizaciones, también le ha castigado. Es el que si dice que necesitas más volumen, los llenes de silicón, pero también es aquel que dictamina, que si no son para satisfacer el ojo del espectador, debes cubrirlos. ¿Por qué alguien que ignora de primera mano la complejidad de tenerlos desarrollados y vivir con ellos, se ha encargado por todas las vías y por tanto tiempo a ejercer un juicio sobre ellos? ¿Por qué intenta negarles la libertad a no ser que sean tajantemente sexualizados? ¿Por qué no dejamos a la teta ser tan libre como sensible su piel y sus reflejos frente a los estímulos? Lo que sí puede darnos un equilibrio de opiniones, es que en definitiva tienen un carácter sexual tan importante, que ha eclipsado los demás aspectos de su existir.

Hay todo un mercado alrededor de ellos: el estético, ortopédico, médico, erótico, lactante, de vestido, embellecedor, restaurador, etc. Toda una cultura que le rinde tributo a las glándulas más desarrolladas del cuerpo femenino, pero sin lugar a dudas, una de las más diversas, es la pornográfica, donde la industria alcanza niveles económicos millonarios mostrando un amplio catálogo de senos para satisfacer las necesidades onanistas de todo aquel que tenga sed de chichis. Y les llamamos tetas, senos, bubbies, chichis, lolas, etc. Incluso, hay quien bautiza a las suyas con nombres propios, precisamente porque sabemos que poseen características únicas que diferencian a la una de la otra. Compartimos secretos que solo quedarán grabados en las tres involucradas.

Y como parte elemental de nuestra identidad anatómica femenina, algo de quien por alguna condición médica o trauma, las llega a perder, muere. Es una ruptura irreparable, aunque de lo estético-restaurador se eche mano. Una les ama como cualquier otra parte del cuerpo, pero quizás un poco más, sin pensar en formas o en tallas. Es parte de nosotras, de nuestras aspiraciones infantiles, de nuestras dudas y primeras experiencias de juventud, de su capacidad de proveer y crear lazos únicos entre los humanos a través de generaciones, que se han erigido gracias al incuestionable poder de los senos.

Así, siguen alimentando nuestras vidas, desde el aspecto que se desee abordar, los senos dan para mucho más. Esperemos que llegue pronto el día en que se les haga justicia de ser y no solo parecer, porque siendo lo que son, son las estructuras más maravillosas que todo aquel ser que se haga llamar y se sienta mujer, podrá tener en la vida.


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