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Lonely merry X-mas

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Toda mi vida, desde que tengo uso de razón, mi madre siempre hizo de la navidad, navidad. En nuestra casa nunca celebramos “costumbres extranjeras” ni llegaba Santa Claus. Tampoco teníamos fiestas mundanas para ponernos todos pedos (o al menos no al principio). Navidad se trataba de la llegada del bebé Jesús, villancicos para el arrullo del nene en el pesebre y por supuesto, la misa de gallo. No poníamos el pino hasta después del día de la  Guadalupana, y también le ayudábamos a hacer la corona de Adviento y a rezar sus respectivas oraciones cada noche hasta la Nochebuena, donde nos pasaba a todos a darle un beso al bebé de yeso y si de posadas se trataba, tenía que ser dándole la vuelta a la cuadra con un “ora pronobis” con los peregrinos y velas alumbrando el camino hasta la morada, donde después se romperían piñatas y por fin todos nos sentiríamos en la víspera de navidad.

Y todo esto suena a un cálido relato de una vida de tradiciones católicas mexicanas muy arraigadas, pero para mi, el 50% de todo eso era una condena. La parte de la fiesta, las risas y sobre todo, la comida, estaba perfecto, pero todo lo relacionado con la parte católica de la festividad, me asfixiaba, especialmente porque no tenía escapatoria. Ignoro si en alguna otra entrada he comentado esto, pero hasta los 18 años, digamos que era mandatorio en mi casa ir a misa todos los domingos y todos aquellos días que el calendario litúrgico marcaba como “de precepto“. A esto le agregamos el tema de tener que hacer todo lo que se debía hacer en esas fechas, tales como ir a todas las peregrinaciones y lamentos en Semana Santa, comer carnes blancas los viernes en Cuaresma, y si había cabida, ir a una que otra novena, dedicada al santo de cualquiera de las capillas de la parroquia a la que asistía mi familia.

Es decir, navidad como la conocen la mayoría de los seres humanos proto cristianos occidentales, no existía para mi. Si estaba viendo una maratón navideña de Los Simpson, o todas las de Home Alone, debía cortar porque teníamos que ponernos de pipa y guante para ir a estar parados dos horas a la iglesia, apretujándonos entre gente culera y católicos ocasionales que llegaban más temprano que nosotros y nos dejaban a los habituales sin sitio, para devolvernos a cenar y quizás a ponernos un poco pendejos con sidra, y posteriormente arrullar al niño e irnos a dormir después de haber cenado en cantidades obscenas. Mi hermano huía apenas se terminaba el lomo adobado, pero yo me quedaba a ver la tele y llorar. Ni siquiera tenía motivos reales para sentirme triste, pero lloraba echa bolita en mi cuarto mientras veía lo que restaba de programas malos con temática navideña.

Deseaba tener primos cerca hablando estupideces, tías ayudando a mi madre a servir la cena y tíos borrachos hablando sobre esos temas que solo se hablan en las reuniones familiares (y que no son los terrenos de la abuela, porque mis abuelas eran pobres, no tenían terrenos). Quería que llegara Santa Claus y regalarnos cosas entre nosotros como en otras familias o como en las películas gringas. Deseaba con todas mis fuerzas romper veinte piñatas aunque de ellas cayeran solo cacahuates y mandarinas apachurradas. Quería todas esas cosas que no tenía y que escuchaba que otros sí. Quería una fiesta con toda mi familia, pero lo que más quería es que mi hermano estuviera conmigo enseñándome a hacer un dip novedoso o dándome cerveza de contrabando como cuando era niña. Sin embargo lo que tenía es todo lo que no he tenido desde hace un par de navidades y especialmente en esta, no tendré ni tantito.

Con los años aprendí a tomarle aprecio a todo lo que me parecía un castigo divino y empecé a sentirme especial por eso. Agradecí a la vida no tener que recibir a tanta gente en mi casa para rápidamente, apenas llegara de misa, me pusiera mis chanclas y prendiera la tele para ver lo que dejé pendiente. Le tomé cariño ver a mi mamá tan dedicada siendo la católica más fiel y real que conozco. Aprendí que mi hermano A ya no iba a estar nunca más en la navidad, ni en esta dimensión y que hermano B, va a estar solo 2 horas y después se irá a beber con sus amigos. Papá y mamá bailarán, si es que no están enojados -o mi papá pedo- y yo veré esto en la comodidad del sofá desde el cual comiendo y viendo NatGeo, fui la espectadora de este show que se terminó antes de lo que yo hubiera querido.

El primer año lejos de mi familia, fue horrible, pero más horrible era pensar que no iba a ver a mi mamá, la persona que le daba el sentido total a la celebración, porque extrañaba sus posadas, extrañaba su comida y extrañaba incluso, ayudarla a preparar desde días antes todo para hacer la cena de los cuatro, muy rica y muy especial, porque finalmente, éramos todo lo que teníamos. Ese año, varias personas me invitaron a pasar nochebuena en sus casas, pero yo me sentía lista para fundirme en mi tristeza, comiendo y viendo Home Alone por enésima vez. Sin embargo la vida me regaló a mi mamá en esta ciudad donde me encontraba tan sola y pese a que estaba yo muy enferma y no sabía dónde comprar lo necesario para hacer esa cena para dos, la cena más especial, como solo mi madre la sabe hacer, me hizo el milagro de pasarla, al menos en algo, muy similar al tipo de navidad al que estaba acostumbrada. Arrullamos al bebé Dios con villancicos, hicimos ponche y cenamos.

El segundo año ya había hecho una especie de comunidad con algunos amigos y esta vez la celebración se dividió en dos: la primera con mis amigos antes de irse de vacaciones y la segunda con mi confirmadísima madre, quien venía en camino para no dejarme sola en estas fechas donde lo único que uno quiere es ser abrazado corazón a corazón por las personas que amamos. Pasaba una mejor época, se quedó más días y disfrutamos mucho de nuestra mutua compañía. Y aunque se parecía mucho a la navidad tradicional de mi familia, sentía el cuadro incompleto, porque lo estaba. Faltaba mi papá comprando un doce de Nochebuena, mi hermano huyendo a media noche y mis papás bailando salsa entre enojados y divertidos. Solo ellos entienden ese estado de ánimo tan particular con el que conviven siempre. Me hacía falta el calor del hogar.

Este año, la nueva comunidad de mi efímero hogar, hicimos nuestra cena de nochebuena el fin de semana, antes de las vacaciones. Este año, descubrí que tengo talento para la comida navideña y que además, disfruto mucho haciéndola, como una típica señora mexicana. Este año, el frío llegó justo a tiempo para entrar en calor con todo lo que hay para comer. Sin embargo, con toda la pena y pesar, en esta ocasión no podré estar ni siquiera cerca de mi madre. Nos quedamos extrañándonos por causas de fuerza mayor. O por el infortunio de que nochebuena cayera en martes, no lo sé. Pero este año sí me siento lista para pasar navidad sola. Como lo quería a los 14 años, pero que 15 años después, no pensé que fuera a ser una realidad inesperada.

Ahora no tengo que comprarme estreno, porque no aspiro a salir a ningún lado. Me tocará celebrarla con Catalina y Martín, mi nueva manada. Tendré tiempo de disfrutar de los últimos días que me quedan cerca de la hermosa Sombra, porque ya se van. Y la veo y la adoro, la extraño, pero lo más extraño, es que con todos los años pasados he aprendido a sobrellevar el hecho de que siempre estamos echando de menos algo o alguien y que en algún momento, la vida nos regala esa pausa para pensar, más solos pero muy bien acompañados. Acompañados del privilegio de habernos visto antes cerca de todo lo que más importa en la vida y eso siempre es el cálido amor.

El cálido amor de la familia, de los amigos y de las mascotas. Eventualmente todo ese amor se cristaliza en cálidos recuerdos y las lágrimas que solían ser de tristeza, ahora se esconden tras una tímida sonrisa de satisfacción por la fortuna de poder vivirlo.

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