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¿Alguien quiere pensar en los niños?

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Los bebés son la culminación del deseo de nuestros antepasados por perpetuar la especie. Independientemente si el producto es deseado o no, los genes ganaron, un nuevo producto ha nacido y se ha unido a la masa para actuar como un nuevo miembro de esta polución llamada humanidad. Y pensemos, por al menos un momento muy breve, que ese nuevo ser, viéndolo como individuo, es especial para alguien. Ese alguien le procuraría y lo protegería, y en el mejor de los casos, hasta lo respetaría (aunque no siempre pasa). Y de la protección podemos decir que sería del medio ambiente inmediato, de sí mismo y de agentes extraños.

EXTRAÑOS.

A todos nos dijeron desde muy pequeños que nunca habláramos con extraños sobre nada, no les diéramos el nombre ni nuestros datos personales. Que nunca nos fuéramos con ellos y de ser posible, ni los miráramos. Entonces, ¿por qué en nuestros días se ha normalizado tanto el hacer de la vida de los bebés un libro abierto? Ok, ok, nosotros como adultos (estúpidos) decidimos por elección propia darle todos nuestros datos a los grandes de la tecnología para que los prostituya a su gusto. Claramente no nos importó demasiado lo que nuestros queridos e ilustres padres nos dijeron desde el principio de los tiempos, pero, ¿alguien quiere pensar en los niños?

Desde hace algunos años, con todo el tema de la trata de personas (por el motivo que fuera) se empezó a aconsejar acerca de lo que entendemos como una práctica consciente y en el mejor de los casos, generalizada, sobre la seguridad en línea, que no solo incluye contraseñas y datos sensibles a merced del acecho de piratas cibernéticos, sino a aquella que va dejando datos con información que sistemáticamente vamos subiendo y que pueden crear un mapa muy específico sobre hechos y hábitos de una persona y/o la gente que le rodea. Lo cual es de terror, pero es una realidad de la cual la mayoría somos culpables.

Y ahora, el tema de la felicidad de ver a un nuevo ser humano nacer. La reproducción es un tema complejo, casi tanto como el de las relaciones humanas, pero, ¿qué tanto de la información personal de un hijo tienen los padres derecho a compartir en línea ahora que está fuera del útero? Los bebés no saben qué es información, no tienen idea de qué es la red, ignoran el concepto de peligro y exposición a agentes potencialmente nocivos. Por eso los apartamos de solventes y sustancias tóxicas, porque ignoran el mundo. Ellos no saben la diferencia entre néctar de mango y sosa cáustica. Pero los adultos sí.

Por eso mismo, si sabemos la diferencia entre vida real y vida en línea, entonces estamos en el entendido de que sabemos que en la vida real no deberíamos ir diciéndole a todos aquellos que nos topamos en la calle, el nombre completo, lugar de nacimiento, peso, alergias, fotos íntimas, sobrenombres ridículos de familia y talla del niño en cuestión, pero insistimos en hacerlo. ¿Qué dirían los bebés si tuvieran conciencia de todo lo que pasa a costa suya? Probablemente, de inicio, “deja de avergonzarme” y después se rehusarían a ser expuestos de formas tan poco gráciles a un fórum no solicitado.

Los humanos tenemos muy bien entendido el derecho a la privacidad y a la intimidad desde que nos emputa cuando alguien nos abre la puerta del baño, pero el morbo y el narcisismo nos han orillado a desprendernos de algo tan elemental para nuestra supervivencia. El morbo de escudriñar en vidas ajenas y el narcisismo de ser alguien por un par de minutos. Y esos mismos factores nos presentan ahora la nueva norma sin cortinas de mostrar al mundo a sus más jóvenes habitantes.

Recuerden que el internet sigue siendo un lugar tan emocionante como peligroso, incluso para nosotros como adultos, que aunque ya llevamos unos cuantos lustros pegándole a la mamada, aún no somos lo suficientemente listos como para enfrentar a las mentes criminales más creativas que se esconden del otro lado del monitor, al acecho del más débil de los incautos. Y esos carroñeros de la información sí son anónimos, porque ningún mago revela sus trucos y ninguna persona debería jamás tampoco, revelar sus debilidades.

Respetemos a los bebés y cuidemos un poco de su integridad. Si nosotros decidimos darla incluso más barata que la virginidad, es cosa nuestra. Pero a los niños, hay que protegerlos (y por ahí dejar de spamear tanto con cosas tontas de bebés. Seguramente sus hijos no son Einstein, solo son seres descubriendo el mundo en pleno y saludable desarrollo. Enhorabuena por ello). Que regresen las caritas en el living room, para que las disfruten quienes deben: la amorosa familia del nuevo habitante de esta roca agonizante llamada Tierra.

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