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Embrujo musical

Casi desde el principio de mi propia existencia desarrollé ese trip de me caga la gente y en la mayoría de los casos aplica. Vamos, eso de “me caga la gente” es una realidad a medias, no tengo desprecio real por nadie (creo) pero sí hay muchas cosas de la masa que me resultan cagantes. Sin embargo no podría meter en el mismo cajón a todas las increíbles mentes que le han dado forma a todo lo exquisito y burdo del mundo. Hay cosas que la gente hace que me encantan. De hecho, muchas cosas sin las cuales no podría vivir.

Ayer estaba platicando con un amigo sobre mi casi nulo éxito en el tema de las relaciones 1-1, que eso del contacto cercano con otra persona a este punto de mi vida llega a parecerme incluso invasivo y desagradable. Sin embargo, eso no significa que no me guste la gente. Aprecio la belleza y las maravillas que la mente humana puede lograr. Asimismo puedo llegar a vomitarme ante una manifestación de retroceso por falta de estímulos de valor, pero en realidad eso quedaría en el último de los planos del espectro.

Hace unos días descubrí una canción por medio del -dios lo salve- algoritmo de Spotify. De hecho he descubierto muchas cosas deliciosas en las últimas semanas y quien diga que eso no es prueba máxima de la genialidad humana, que se baje del mundo porque necesitamos ese oxígeno. Una canción bien hecha, del género que sea, una canción con la pizca exacta del factor x y tantita voluntad de probar las delicias que están esperando por nosotros, puede cambiarnos el chip por completo.

Hoy la repetí, la repetí varias veces porque me enamoré de la canción, de la letra, de la melodía, del género y de pronto descubrí que esa banda es de los noventas y hace cosas espectaculares, ritmos que me llevan de paseo a otros años en que no los conocía, pero me suenan muy similar. Entre el punk californiano de la adolescencia y el rockabilly de la época universitaria. Hechizo de amor, una y otra, y otra y otra vez hasta que me quedé perdidamente enamorada de Tiger Army y su embrujo que no tiene edad ni fecha de caducidad.

Y eso me hace valorar a la humanidad genial que nos hace la vida llevadera y deliciosa. A la gente creativa que nos hace felices a los amargados. A la música y sus intérpretes. Eso me hace extrañar el mundo, que veo cada día irse un poco más para siempre. Me da miedo que un día ya no exista ni la remota posibilidad de meter freno e irnos directo a la perdición como especie y como civilización. No sé mucho de ese tema, pero extraño mucho el mundo y a la gente, por mucho que a veces llegue a cagarme.

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