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Limpieza profunda

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Este tiempo a solas y con todo el espacio del mundo para hacer cosas que no tenía idea que debía hacer, me ha dado pie a seguirlas postergando. Ahora no solo con el lejano entendido de que quizás haya cosas que estoy omitiendo, sino que deliberadamente lo he estado haciendo. Es como si mi vida fuera una computadora con muchas ventanas y programas abiertos al mismo tiempo. Me consume espacio en mi aura y en mis pensamientos, pero yo continúo en modo ausente.

Mi cuarentena ha tenido un poco de todo (excepto cortarme el cabello). He aprendido cosas nuevas, he trabajado, he tenido largas conversaciones con muchas personas con quienes tenía meses sin hablar, he probado recetas nuevas de platillos que me han quedado buenos (aunque otros no tanto) y ahora tengo un apego a mis mascotas mucho mayor. Dentro de los placeres ordinarios que he detectado en recientes días, es ver Discovery H&H. De hecho, desde adolescente amaba ese canal. Es tan común y corriente, pero a la vez hace que te preguntes tantas cosas sobre tu propia vida.

Y no me refiero a mi trauma con Vestido de Novia solamente (aunque por supuesto que siempre me pregunto qué tipo de vestido de novia sería el ideal para mi, pero quizás debería ahondar sobre eso en otra entrada), o a algún problema dermatológico digno de ser atendido por la Dra. Sandra Lee (Dios bendiga su programa por la eternidad), sino a Limpiadores Compulsivos. Hay algo en ese show que me hace sentir muchas cosas, además de asco e incomodidad.

Hace unos meses, mis ahora ex roomies (una amiga y su novio) se mudaron a otra ciudad. Cuando mi amiga me dijo que era un hecho que se iban, preferí pensar en otra cosa que no fuera el indiscutible hecho de que me quedaría sola y claro, que los iba a echar mucho de menos. Pensé en el final de Friends, pensé en mudarme de casa, pensé en hacer una remodelación extrema de un departamento que ni siquiera es mío, todo para no enfrentarme al hecho de que esa época divertida, alocada e irrepetible de vivir con personas afines e increíbles, había llegado a su fin.

El último día que amanecimos todos bajo el mismo techo, ya con la casa bastante más vacía de lo habitual, sacamos a pasear a nuestros perros muy temprano y para no perder la costumbre, discutimos con una vecina, de esas aburridas que le gusta pelear con quien sea, a cualquier hora. Al llegar a casa, nos despedimos. A Sombra (su perra) le di muchos besos y me fui a trabajar. Sabía que ese día llegaría y solo estaría Martín y Catalina (mi perro y mi gata), pero no habría otra voz humana en este departamento con quien platicar las peripecias cotidianas. Antes de quebrarme, hice algunos cambios en el acomodo de los muebles y me cambié de habitación. Me comprometí firmemente a no dejar que esta nueva etapa me cayera como un saco de cemento sobre el cuello y saldría adelante.

Sin embargo, no contaba con la basura que he escondido abajo del tapete. Durante los años que compartí departamento con ella, compartí también muchas de mis desavenencias personales, como hacen las amigas, ya que en esa época sucedieron cosas en mi vida que hoy en día considero me ayudaron a fortalecer mi interior, pero aunque pensé que era un episodio concluido, lo cierto es que aún hay remanentes de esa versión de mi que tanto pesar me causó. Esa persona vulnerable y frágil que a pesar de estar casi rota, resistió. Pero le tomé recelo.

Mudarme de cuarto me tomó más de un mes, ya que iba de a poco, cambiando lo más indispensable primero y lo demás, ya tendría tiempo después. Y ese después llegó con la pandemia, la cuarentena y mi terror a enfrentarme con esa versión que quiero olvidar. Después de ver Limpiadores Compulsivos, supe que tenía que abrir los armarios y sacar del fondo todo aquello que me recordara al año y a las circunstancias que me trajeron a este departamento. Odiaba entrar a ese que fue mi cuarto tantos meses, porque el aroma me recordaba a tiempos en que pasé noches enteras llorando, hundida en depresión. No quería escarbar en el pasado porque en mi nuevo cuarto me sentía segura de todo lo que ya no formaba parte de mi vida. Quizás es porque aún siento que es el cuarto de mi amiga y me estoy protegiendo de lo que un día fui, escondiéndome aquí.

Y aunque no lo quisiera, fueron saliendo todos los recuerdos llenos de polvo, e impregnados del aroma de una loción que usaba entonces y se me regó por todos lados. No podía escapar, estaba en el punto de vista habitual, percibiendo lo corriente de los días que más detesté estar viva y que sin la ayuda de esa, mi roomie y mi amiga, hubiera sido aún más difícil superar. Uno a uno, todos y cada uno de los objetos, papeles y chucherías varias, llenaron aproximadamente seis bolsas de basura. Y aún no termino, pero tampoco puedo tirar todas las cosas con las que conviví entonces, porque terminaría con el departamento vacío. Entonces me di cuenta que cada uno de los objetos que me rodean, tiene una historia y me recuerdan a algo y a alguien, pero no puedo huir de ellos ni de mi vida, ni de la historia que he escrito todo este tiempo a la par de las cosas con las que convivo a diario.

El miedo de volver a caer en ese abismo llamado depresión, me hizo renuente a enfrentarme a mi misma. Pero no puedo seguir escondiendo todo lo que no me gusta de mi historia abajo del tapete, o en cajas, bodegas, armarios… Sería hacer caso omiso de la problemática real, como abrir consecuentemente un archivo en blanco en un mismo programa, solo porque no soy capaz de resolver algo en el primer archivo o en los siguientes. Se saturaría la RAM y en algún punto colapsaría. Así que ahora estoy decidida a hacer que todo lo que no le aporte a mi vida, se vaya, sea de este departamento o de mi interior. No estamos para guardar basura, hay que sanitizarnos por dentro y por fuera y eso incluye limpiar a fondo cada rincón de nuestros templos.

Al final, estar deprimido no es un error, es una simple circunstancia que se vuelve problemática con el tiempo y empeora cuando al estar más desequilibrados, buscamos apoyo en una superficie con vidrios rotos y filos oxidados. A algunos la cuarentena les daba miedo y no me explicaba el porqué. Pensaba que tenía una relación muy sana con mi soledad, pero hasta yo me di cuenta del miedo que tenía de voltear al pasado, aunque se tratara de la misma persona, solo porque ya no me siento así. Y espero no sentirme como ella nunca más. Sé que pasaré por momentos difíciles en el futuro, eso es un hecho, algunos peores que otros, pero nada que no pueda superar.


Cabe aclarar que no vivo rodeada de basura y suciedad como en la TV, de hecho tengo pocos enseres de hogar y limpio a menudo, sin embargo a pesar de que no tengo tantas cosas, si que he sabido esconder en los rincones muchos objetos innecesarios para mi día a día. Todavía no desarrollo ese rasgo de personalidad por acumular y tener animadversión por la salubridad.

Gracias por su atención.

No coman cereal en el retrete.

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