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Todo era risas hasta que el COVID-19 se llevó parte de mi corazón.

Para buena parte del ideario colectivo occidental, el viernes 13 es considerado de mala suerte, sin embargo, de un tiempo acá no me incomodaba la existencia de los viernes 13 porque eso solo quería decir que si la quincena caía en domingo, ese día me depositarían en mi cuenta.

Pero llegó el viernes 13 de marzo de 2020. Sin saberlo, ese día fue el último en que mi vida tuvo un ápice de normalidad. Fue el último día que salí a la calle sin miedo, fue el último día que todo parecía que no sería tan malo como se pronosticaba, incluso me parecía un exceso tener que detener la vida por un virus de mierda que algún incauto trajo a América por andar de internacional en Asia justo cuando en China se desato el coronavirus a finales del 2019.

Porque además, todo lo que pasa en China, en occidente nos resulta bastante ajeno. Los que nunca hemos estado en Asia (o como es mi caso, en ningún otro país que no sea México), imaginamos a un país muy antiguo, con mucha historia, una cultura milenaria y una economía altamente competitiva, con todos los estragos que tiene el ser una de las potencias mundiales del siglo XXI. Sin embargo, elegimos ignorar el nuevo virus que salió en las noticias por noviembre de 2019 tal y cómo lo hacemos con todo lo que sucede en ese lado del mundo, tan lejano y abstracto para entenderlo.

De algún modo, el infame virus pisó tierra en América y empezó a cobrar víctimas como en una fila de dominó, hasta llegar a ser un problema muy grave, desde el ángulo que se le viera. Y a pesar de eso, muchas personas como yo, como muchos de mis amigos, e incluso mi familia, pensábamos que era un plan de dominación para las masas, una especia de arma biológica que alguna de las potencias económicas mundiales estaba utilizando para desestabilizar al mundo o purgar a los que las élites consideran una carga para las sociedades y los gobiernos: los viejos y los pobres.

Dentro de la gravedad del asunto y el estado de alerta permanente, tratábamos colectivamente de convencernos que seguía siendo un tema ajeno a nuestra paz mental y a nuestra integridad personal. Se le compusieron canciones y miles de memes. Nos reímos mucho de todo, buscamos formas creativas de evadir nuestra incómoda realidad, secuestrados en nuestras casas, alejados de todo lo que amamos con la idea de hacer frente a un enemigo invisible, pero pese a todo esfuerzo, el problema se tornó más real que nunca.

La economía empezó a desplomarse, miles se quedaron sin empleo, muchos otros nos enfrentamos a estados mentales confusos y deterioro de nuestra estabilidad emocional, preocupados por todo, por nuestros familiares enfermos, por nuestros seres queridos en riesgo, por nuestros amigos pasando momentos de crisis y por nuestro futuro incierto. Y entre todas esas cavilaciones, el lejano problema del coronavirus se convirtió en mi problema, porque ese enemigo que no puedo ver, se metió en mi hogar y lastimó a quienes más amo en este universo.

Mayo de 2020, dos meses después de estar en cuarentena llegó para cambiar mi vida por completo. Primero, mi perra se escapó y aunque la recomendación era no salir o salir con todas las precauciones posibles, mi familia salió a buscarla porque también era un miembro elemental de nuestro hogar. Esa misma semana en que todos salieron buscando a nuestra mascota, el virus entró con devastadora fuerza. Mi padre, el hombre más fuerte que he conocido jamás, empezó a dar indicios de que algo no iba bien, pero estaba incrédulo. A él ni los resfriados le hacían nada, porque le duraban acaso dos días y al tercero ya estaba bien, como siempre.

Pero esto no era una gripe normal. Yo le externaba mi preocupación y le rogaba que extremara cuidados, pero el mal ya estaba instalado en su organismo. De un día para el otro pasó a tener 39° de fiebre y aunque era difícil asimilar lo que estaba sucediendo, era más que evidente que el maldito coronavirus se estaba apoderando de él, quien entre alucinaciones provocadas por la hipoxia, alcanzó a decirme por teléfono “hijita, estoy bien, no te preocupes, que Dios te bendiga”.

Y eso fue lo último que me dijo, fueron las últimas palabras que dedicó para mi y fueron las palabras más dulces y dolorosas que pudo decirme, porque muy dentro de mi sabía que serían las últimas. Y no pude volver a abrazarlo, a besarlo, ni a sentir las palmas de sus manos hacer un cariñoso y cálido cuenco sobre mis mejillas. Fue un frío y distante adiós, no solo porque fue por vía telefónica, sino que el encierro nos ha mantenido separados por meses, meses en los que planeaba ir a verlos, meses que me han dolido por la soledad, por la distancia y por la pérdida, meses que me siguen poniendo a prueba porque pese a que quisiera estar cerca de mi familia enfrentando este momento tan difícil, sigo encerrada y lejos.

Se acabaron las risas, los memes y las incredulidades. Me quedé sin padre. Un tal COVID-19 lo mantuvo en guardia tres semanas hasta que le dio la estocada fulminante un lunes 8 de junio de 2020 y esa estocada nos dolió a todos los que lo amamos, nos sigue lastimando y probablemente nos lastimará por siempre, pero tendremos que aprender a vivir con ello, con el hecho de que nuestro León ya no esté en este plano terrenal, que no lo volveremos a ver, a escuchar o a sentir, pero que lo recordaremos por siempre.

Hoy el mundo pasa por mucho dolor. Mi dolor, es el dolor de millones de personas en todos los continentes. El dolor nunca nos unió tanto a tantos extraños de latitudes tan distantes. Hoy se que el dolor que está pasando una familia china por la pérdida de un ser querido a causa del coronavirus, es el mismo dolor que está pasando mi familia. Son tiempos difíciles, los más difíciles que mi generación pudo imaginar. La guerra actual ataca por la espalda y nadie está exento de sufrir su letalidad. El enemigo es un cruel y traicionero asesino, que a ciencia cierta no sabemos de dónde salió o quién lo creó, pero de todo corazón le perdono el haberse llevado parte de mi corazón al plano eterno, porque si le dedico un micro segundo de odio al autor intelectual de esta desgracia mundial, estaré muriendo yo también, y no le daré el gusto al enemigo de verme caer.

Apenas puedo escribir. Llevo días intentándolo, estoy enojada y triste, pero ni el odio ni el miedo van a dominar mi vida ni mi alma. Soy Alma Delfina, soy hija de León Marcel, quien ya no está conmigo, pero ahora es eterno, ahora es omnipresente y su espíritu ahora es mucho más fuerte que nunca. Él me enseñó tantas cosas, que tengo más motivos para honrarlo en esta tierra, que para buscar culpables y generar odios. Hoy todavía no me siento lista, pero lo estaré en su momento. Siento que el mundo se despedaza en mi cabeza, pero soy más fuerte, aprendí a dar batalla del más valiente de los hombres, no porque no tuviera miedo, sino porque la adversidad nunca lo dominó.

Dios te bendiga por siempre papá. Eres más grande ahora que nunca.


Dedico este post a todos aquellos que han partido a causa del COVID-19 y a todas las personas que los amaron. No sé quienes sean, pero mi corazón y mi pensamiento está con ustedes, porque compartimos el mismo dolor.

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