Mascotas, Mundo godínez

Son tiempos difíciles para los soñadores

Pero pese a todo, esos ingenuos seres, seguimos viendo las cosas comunes como si fueran parte de un sueño, de esos bien raros que no tienen explicación lógica, pero nos regalan una sonrisa al despertar. Hoy me puse a pensar en las cosas lindas que mas le han aportado a mi existencia en tiempos recientes y llego al ser más especial e inesperado que acompaña mis días desde octubre de 2019, mi perro Martín.


Lo conocí un viernes en que el frío apenas asomaba su nariz por la ciudad. Minutos antes acababa de platicarle a mi ex-jefa que había llegado mi momento de partir. Generalmente renunciar es sencillo, sin embargo, después de dos años aprendiendo tanto de ese ramo y haciendo tan buenas migas con mis compañeras y jefes, que tratar el tema no fue fácil. Hubo lágrimas, mucho agradecimiento y donas glaseadas. Ah sí, trabajaba en una cadena de restaurantes y era delicioso. Pero cuando la oportunidad de colarme en otro tipo de sector llegó a mi bandeja de entrada, no lo pude dejar ir. Y creo que en ese aspecto tomé la decisión correcta, aunque a veces me siento nostálgica. Pero bueno, ¿quién en estos tiempos que corren no se sienten así, viendo tan lejana la vida que teníamos?

Mi jefa y yo compartíamos muchas cosas, además de la profesión: nos gustaba el rock alternativo de los 90s2000s, las películas de los 80s, comer papitas caseras con cebollas curtidas y el café, pero el gusto que más nos unía, eran los perritos. Pasar por Mercadotecnia era como ir de visita a Petco: había perritos de todos tamaños, texturas, colores y sabores. Por supuesto que su colección de perritos tenía más tiempo que la mía, pero con el tiempo se fue mimetizando su espacio y el mío. Éramos las locas de los perros (LOL). Incluso, cuando mi roomie y yo adoptamos a Sombra, le platicaba lo incontrolable que estaba y me prestó un libro de César Millán (el conocidísimo ‘Encantador de Perros‘), libro que le había regalado su jefe, conociendo el amor que tenía por los perros en general y por su perro en particular.

Sentí un nudo en el estómago después de decir todo lo que dije. Veía todo a mi alrededor y no podía más que extrañar el espacio común, aunque seguiría ahí por las próximas dos semanas. Bajé a la recepción comiendo una de las donas glaseadas que estaban probando para sacar en promoción, aún secándome las lágrimas cuando mi radar perruno se activó. Ahí estaba, afuera de la recepción un perrito llorando. Mi amiga de eventos me dió el estatus del perrito en cuestión, que lloraba solo Dios sabrá por qué. Quizás porque tenía frío, tenía hambre o porque la soledad es culera. No lo sé, pero salí inmediatamente a tirarme al piso a darle mi dona, no traía chaqueta, solo traía mi dona y una enorme cantidad de inexplicable amor por ese perro. Desde ese momento se convirtió en mi prioridad y aún no habíamos decidido ser el uno para el otro.

Publiqué en grupos de perros que lo habíamos encontrado, llamé a un par de asociaciones de protección animal y le pedí ayuda a amistades para buscarle casa porque era viernes y nadie se quedaría en la oficina para ver por él durante el fin de semana. Eran las 2:00 pm y ya tenía el corazón doblemente roto en el primer día del primer frente frío que visitaba la ciudad ese año. No podía concentrarme, solo podía dibujar su carita de confusión en mi cabeza. Bajaba “al baño” y pasaba a informarme sobre si alguien se lo llevaría a su casa o le buscarían un hogar temporal. Pero nadie le quería dr una oportunidad, porque la verdad, un perro es una gran responsablidad que nadie quiere echarse, a menos que algo más fuerte lo reclame. Y justo cuando bajé con la decisión de llevármelo a mi departamento (sin saber exactamente cómo, con una perra loca, una gatita algo neurótica y dos roomies), mi amiga que me daba el ride me dijo: perfecto, tú te lo quedas y yo los llevo.

Fue miel para mis oídos. Sentí que estaba haciendo algo genuinamente bueno por un perro en problemas. Al principio la idea de adoptarlo no se cruzó por mi mente, pero dejarlo a su suerte en una plaza comercial sobre una avenida muy transitada no me seducía para nada. A menudo veía a las orillas de esta, el destino que le aguardaba a todo lomito que intentaba cruzarla. Demasiado escatológico para esa carita hermosa. Y así como así, otra compañera y yo, tomamos al individuo peludo y los subimos al auto. Su llanto me hizo ver que temía, pero confiar era su única alternativa. Después de calmarse un poco, decidió ver el camino a su destino desde la ventanilla, sentado sobre mí, gris amarillento de lo sucio que estaba, con las uñas largas y los cojinetes quemados. Regalándome su confianza, disfrutando del viaje.

Al llegar, Sombra le ladró histérica y entré en pánico. Sabía lo territorial que era y a este nuevo integrante de la manada no lo conocíamos. Rápidamente lo metí a bañar con agua tibia y shampoo con aroma a piña. Lo sequé con la que era mi toalla y le di un cobertor para que se echara. Tomé un par de Tuppers para darle comida y agua, y me acosté lo que restó de la tarde ahí con él, llena de pelos, húmeda porque lo bañé con todo lo que tenía puesto encima, pero feliz porque él estaba feliz a mi lado. Tener su cabecita en mis piernas me daba una sensación de paz intensa. Sentí algo que no había sentido en mucho tiempo por otro perro. Él me miraba directo a las ojos y podría jurar que veía su sonrisa perruna. Y puede que sí esté loca, pero yo sé que fue lo que vi. Esa sensación fue más fuerte que todo lo que estaba en contra de hacerlo parte de mi vida. Acababa de adoptar a mi gatita y eso ya era una responsabilidad que me consumía recursos, por no decir que Sombra era la más grande de mis preocupaciones.

A la mañana siguiente, lo saqué de mi habitación para que hiciera “lo que mejor saben hacer los perros“. Y claro, a conocer un poco el departamento. Sombra no tardó en hacerse presente y me estresé pensando en que pasaría algo horrible, pero contrario a todo lo que creía, cuando me di cuenta, ya estaban comiendo del mismo plato y se hicieron muy buenos amigos. Fue justo ahí cuando hablé con mis roomies para pedirles chance de quedármelo y ellos, tal como Sombra, aceptaron. Los anuncios que puse en redes sociales, a pesar de que se compartieron como pan caliente, no llegaron a nadie que lo estuviera buscando o estuviera interesado en darle una oportunidad. Pero ya no importaba porque ya le había prometido que jamás pasaría hambre, frío o soledad. A cambio solo pediría que fuera un buen amigo y la verdad, es que ha sido el mejor.

Es un ejemplar noble, tranquilo, obediente y cariñoso. Le gusta jugar, pero no requiere demasiada estimulación porque tal como yo, es mas de hacerse rosca y dejarse querer. Mi gatita es experta en darle mucho cariño, porque pese a todo lo que creí (viendo lo histérica que se puso al principio) lo adora. Puede pasar minutos extra acicalándolo y jugando con él. Cuando estoy en casa, va conmigo a todos lados, me sigue como si fuera mi guardaespaldas, y si le dejo la puerta abierta, hasta a bañarme me acompaña, cuidando la entrada, por supuesto. Es el que más se alegra cuando llego a casa y desde la ventana ya me está viendo. Su amor es tan efusivo que raya en la locura, pero ¿qué gran amor no es así? Y ya sé que los perros quieren a las personas por motivos muy diferentes a los que nosotros tenemos para amarlos, pero no deja de ser sincero, porque con los perros no hay medias tintas.

En algún punto, mis roomies y Sombra partieron. La pandemia nos confinó a un espacio que hicimos nuestro hogar, en el que Martín y Catalina corren y juegan, a veces cazando moscas, otras cazándose el uno al otro, persiguiendo el láser o destrozando mis plantas. Pero no cambiaría nada de mi cotidianidad porque los tengo a ellos, porque en cada lágrima que derramé en 2020, ahí estuvo Martín para limpiarlas de mi rostro y acurrucarse entre mis brazos, como si supiera que lo que más añoraba en momentos de tan aguda soledad y distanciamiento entre personas, era un abrazo. Él a mí no me prometió nada, pero me ha dado mucho más de lo que hubiera esperado de un perro. Por ello no me quejo de las toneladas de pelo que me deja en la ropa y en la casa todo el tiempo. Los pelos se limpian, pero el amor que siento por mis mascotas, nada lo puede igualar. Es el perro que siempre soñé y apareció cuando menos lo esperaba. Como todo lo increíble que nos pasa en la vida, nadie lo puede adelantar, simplemente nos sorprende. A veces en forma de un perrito blanco con manchas negras, y otras, de forma y especie distinta.

Martín y Catalina siendo buenos hermanos.

De aquel restaurante me quedé con mucho aprendizaje, amistades, muchas buenas anécdotas y varios kilos extra, pero lo más bonito, definitivamente es Martín, a quien siempre le pongo accesorios rojos para brandearlo y nunca se nos olvide el por qué de su nombre, además que le queda increíble. El emblema del restaurante es un corazón y vaya que ahí encontré al mío, justo cuando dije adiós. Pero los adioses siempre nos dan la oportunidad de darle la bienvenida a cosas y situaciones nuevas que nos enseñan más sobre nuestras capacidades, una de esas por qué no, la capacidad de amar. Nunca perdamos la capacidad de amar porque el amor es una fuerza poderosa e inexplicable que nos ayuda a pulirnos y mejorar como seres, además que el amor tiene demasiadas formas de manifestarse y expresarse. Lo puedes sentir en tu pecho al verte al espejo, al hacer algo que te encanta, al rodearte de la gente que te importa, al llegar a casa y te reciba tu perro, brincando de emoción por volver a verse.


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