Baños de realidad, Buenas costumbres, Cultura

No olvides ser amable con la mujer en el espejo

Juventud, divino tesoro, ya te vas para afortunadamente, no volver.

Y qué bueno, porque en la adolescencia, cometí el atroz error de salir con un orgullosos machista lomo plateado. Este personaje no necesita nombre ni apellidos porque a individuos así generalmente se les llama, en círculos de confianza “el pendejo ese”. Pero de inteligencia no carecía, era un manipulador hijo de la chingada. Lo conocí un verano, cuando tenía 15 y él 20, y si bien nunca me pareció atractivo, su verbo me llamó la atención, como buena niña impresionable, sin experiencia con los hombres. Y sí, yo lo empecé a buscar, me agradaba tener con quien platicar de cosas diferentes (mamadoras) como cine, música, libros, etc. El sujeto me llevaba la corriente, se daba sus buenas inyecciones de ego con mi atención, pero sobre todo, le encantaba darme lecciones de mansplaining, porque él siempre lo sabía todo.

Después de salidas intermitentes, dejándome siempre con más dudas que respuestas sobre nuestro estatus, me propuso ser su novia, pero desde el segundo cero, hubo reglas:

  • Estás un poco gorda para tu estatura, deberías dejar de comer snacks en el cine
  • El lunes quiero que vengas conmigo al gimnasio, te vendría bien para que bajes de peso
  • Estás muy chaparrita para mi, deberías ponerte tacones
  • Arréglate más femenina, ponte mini faldas
  • “Tienes mucho acné, ponte más maquillaje
  • “Tienes más bigote que yo, quítatelo
  • “¿Qué comiste hoy? Eso tiene mucha grasa, no quiero que lo comas de nuevo, ¿ok?”
  • No me gusta que digas groserías
  • No tomes Coca Cola, te vas a poner más gorda
  • “Si realmente me quieres, me vas a hacer caso

Agregándole a esta lista de ataques directos, le encantaba burlarse de mis metas en la vida, de las cosas que me gustaban y sobre todo, le mamaba presumir con sus amigos y familiares que yo era la que lo buscaba hasta que ‘cedió’, y a todos les daba una risa escandalosa mi osadía de ser una buscona. Porque además, él siempre tuvo opciones, y me había elegido a mí porque era ‘la más inteligente’. Y nunca fue discreto con esas llamadas ‘opciones’: estaba la que trabajaba con él, la ‘morra fea’ que según le rogaba para que mantuvieran relaciones sexuales y la chica que realmente le gustaba, pero era inalcanzable. Esta última se convirtió en el objeto todo mi odio. No sabía quien era, pero la despreciaba con todo mi ser, a pesar de que en realidad nunca me había hecho nada. Cuando descubrí su identidad, entendí su obsesión con cambiarme: era una chica cool, bonita y naturalmente muy delgada. Por las cosas que compartía en sus redes sociales, en otras circunstancias me hubiera gustado ser su amiga*, pero en esa realidad era ‘el enemigo’.

Me obsesioné con bajar de peso a un nivel nocivo: hacía dos horas de spinning cinco dias a la semana y contaba las calorías que entraban a mi cuerpo, que aveces solo eran 500 al día. Ocasionalmente, él caía de sorpresa en el gimnasio para asegurarse que estuviera haciendo ejercicio y también estaba muy al pendiente de todo lo que entraba por mi boca, ‘no le estuviera diciendo mentiras’. Porque ese era otro tema, que yo le mintiera acerca de todo, sobre donde estaba, a qué hora, con quién y por qué; qué comía, cómo lo comía y a qué hora; quién me llamaba, con qué objeto y por qué le conocía. Para vernos dos o tres veces por semana, tenía más estudiada mi vida y mis rutinas que yo misma. Esas vacaciones de verano bajé de peso lo que jamás he vuelto a bajar (gracias a Dios) y llegué a ver en el espejo a una desconocida. Estaba delgada, sí, pero me sentía asquerosa e indigna.

Mi rostro había cambiado. Estaba ojerosa y con la mirada apagada, por más maquillaje que me pusiera, porque además, no podía usar demasiado, ‘no fuera a llamar mucho la atención de otros hombres’. Cuando mi cuerpo le gustó, entonces se obsesionó con tener relaciones sexuales. A pesar de que sabía que no quería, siempre traía condones en su cartera, no sé si esperaba que en algún momento fuera a ceder o los usaba con alguien más. Pero para estas alturas, mi cuerpo era suyo y mi mente también. Por mi parte no podía verme al espejo, el reflejo me mostraba a una persona infeliz y lo único que me daba felicidad, era comer. Entonces fue cuando me di cuenta que estaba en los peligrosos brazos de un desorden alimenticio, pero no me importaba mientras pudiera comerme un rollo de galletas Oreo y un litro de helado mientras veía Los Simpson.

Dejar de comer y/o vomitar después de un atracón, se convirtió en mi pequeña isla de control. Era algo totalmente mío y de nadie más, donde las decisiones las tomaba yo y el resultado final le gustaba a todos, porque obvio, en los 2000s el fin justificaba los medios y el fin era ser tan delgada que cómo lo hubieras logrado, nadie lo cuestionaba. Hasta que un día no pude llegar a vomitar y sentí el infierno. Según mi traicionera mente, podía ver el tiempo real cuán gordos se había puesto mis muslos y por ello decidí cortarlos. Por gorda, indisciplinada y descontrolada. Después de cortarme, tomaba un vaso de agua muy grande y la siguiente comida la descartaba. Y en este punto todo empezó a ser evidente: siempre estaba de mal humor, se me caía el pelo, me mareaba constantemente, tenía mal aliento y no quería ningún tipo de contacto físico para que no me viera las piernas heridas.

Pero un día se dio cuenta y en lugar de preguntarme si todo estaba bien, me regañó por haber cortado las piernas que le pertenecían. Entonces llegué a mi casa, tomé la plancha y me quemé el brazo. Me debatía entre mis deseos de autodestrucción y los de darle la satisfacción de verme como él quería: perfecta. Pero ya estaba más allá de todo eso y un buen día me agarró un ataque de nervios en la escuela, rompí mis cosas aventé sillas y mucha gente me vio perder el control, a mí, la callada del grupo que nunca dice ni hace nada a nadie. Esos días evité verlo, sentía asco y vergüenza. Mi familia ya estaba soberanamente alarmada y no me dejaban sola ni un momento, tanto así que fui descubierta mientras intentaba vomitar. Le confesé todo a mi madre e inmediatamente me mandaron a terapia. No sé si fue el hecho de sentirme en un lugar seguro, incluso hasta de mi misma o que el psicólogo estaba muy guapo**, pero ese día comencé a subir desde el fondo que había tocado.

Lo terminé por teléfono, y aunque intentó por un buen tiempo regresar, nunca más le di el privilegio, porque lo cierto fue que en realidad nunca lo quise mucho y tampoco me atraía demasiado, solo era una adolescente explorando la vida y las experiencias que esta nos ofrece, pero sin ese importante ingrediente llamado amor propio. Ya sin la venda pude ver en crudo el tipo de persona que él era y decidí poner tierra de por medio mucho tiempo y aunque después nos volvimos a hablar, ya no lo veía como antes. Lo veía como quién verdaderamente es, una persona realmente dañada, con una forma retorcida de expresar interés, carente de empatía y con un ego bastante herido, que busca reafirmarse a sí mismo constantemente con la ayuda de sus alcances o influencia en otros.

Para verme a mí misma de nuevo o por primera vez, me tomó un poco más de tiempo, pero lo logré y lo que encontré me encantó. He cometido muchos errores eligiendo parejas a lo largo de los años, pero nunca a niveles casi mortales. Digamos, lo malamente dicho ‘normal’ (mentirosos, degenerados y con terror al compromiso) pero nunca más he sentido vergüenza por mis curvas, por mi estatura, por mis deseos y muchísimo menos por todo mi potencial como mujer, que no solo se ve y se siente bien en su propia piel, sino que logra sus metas y se es fiel a si misma por encima de todas las cosas, a pesar de todos los que han buscado anularme.

Pero de todos los errores aprendemos y yo de esta espantosa experiencia de vida, aprendí un montón

  • De entrada, salir con menores de edad es contra la ley, por muy buscona que sea
  • Si alguien no te atrae tanto, pero no quieres estar sola, alto ahí. A veces es mejor sola que estar con alguien que tampoco le atraes tanto y que además se la vive buscando cambiar todo de ti
  • Si esa persona, sin ambiciones en la vida, se burla de las tuyas, es porque claramente tú si tienes las agallas de lograr todo lo que alguien así ni de broma podría ponerse como reto. Y no hay cosa que le aterre más a un ser opaco que ver a alguien brillar con luz propia frente a sus narices
  • Hombres como el de esta historia se juntan con otros hombres que comparten valores similares y muchas veces esos hombres son nuestros amigos cercanos. Amistades que deberíamos cuestionar
  • Quererse a una misma es un reto mayúsculo cuando toda una sociedad se ha construido con la intención de que odies cada gramo de ti. Seamos rebeldes y empecemos a ser amables con la mujer en el espejo
  • Siempre y cuando estés saludable, no hay nada malo con tener kilos de más. La belleza viene en diferentes frascos y modelos, la variedad no le quita la cualidad de bellos a los seres
  • La salud mental es canasta básica para todas las personas, todos necesitamos terapia, por muy funcionales que seamos a simple vista. Eso también es demostrar amor propio
  • Siempre que quieras cambiar algo de ti, que sea para beneficio propio, nunca por alguien más
  • Las mujeres ya la tenemos difícil por el simple hecho de ser mujeres, ¿por qué ser enemigas? Sobre todo por un tipo que no vale dos pesos de chorizo

*En algún punto de mi recuperación la busqué y le pedí disculpas por despreciarla tanto sin haberme hecho nada. Y aunque no nos hicimos íntimas, sí nos caímos bien, tal y como había vaticinado.

**Este sujeto marcó el arquetipo de cómo me gustan los hombres físicamente, porque fue el primero que me gustó a ‘primera vista’. Y nada raro pasó en la terapia a pesar de que era mi crush.


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