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Hitos

Hay hitos personales de los cuales no somos conscientes, como cuando llenamos de oxígeno nuestros pulmones por primera vez. Eso, además de ser un signo inequívoco de estar llenos de vida apenas pusimos nuestro sonrosado trasero en el exterior del útero materno, marcó una serie de eventos que nos irían marcando la pauta de lo que sería el estar vivo como un organismo orgánico, un animal, un mamífero. Un ser humano, lo que sea que eso signifique, de todo lo que significa.

Unos cuantos meses después de mamar mucho (literalmente), nos convertimos en verdugos de nuestras madres apenas comenzó la dentición y posterior al primer signo de sonrisa blanca infantil, comenzamos a masticar sólidos, para después aprender a dar nuestros primeros pasos y emprender la carrera a esa primera vez que salimos huyendo de cualquier autoridad adulta, hacia las aventuras infantiles más inverosímiles.

Y es que esas aventuras empiezan a hacer pilas gigantes y exponenciales en las que también cuentan la vez en que dejamos de usar pañales y cagarnos encima para, por gracia de la vida, hacer uso y desuso del inodoro. A veces para lo habitual y otras veces para cualquier otro tipo de atrocidad infantiles. A cuesta de los nervios en punta de toda madre que haya encontrado a su retoño bebiendo del fondo del retrete.

Somos niños, felices e imparables. La curiosidad nos alimenta y nosotros a ella, vamos por la vida como si cada amanecer nos garantizara un día más de conocimiento y hallazgos sorprendentes acerca de todo lo que nos rodea. Porque así sucedió y así sucede. Nos paramos al lado de nuestros amigos y nos medimos qué tan altos somos, o cuántas piruetas podemos dar. Si ya nos sabemos las letras el abecedario o aprendimos a patinar. Hasta los raspones cuentan, porque ya sabemos que son muestra de experiencia personal y cada cicatriz en nuestra joven piel, tiene una historia.

Y por ahí de los 6-7 años, por fin se nos empiezan a caer los dientes de leche. Ya somos niños grandes. A todos les contamos cuántos dientes ya tenemos flojos y sonreímos más ampliamente todavía, mostrando orgullosos esos huecos en nuestra sonrisa, que les dicen a todos lo mayores que somos, todo lo que sabemos de la vida y que a partir de ahora los bocados a ella, serán todavía más grandes y más ambiciosos. Escritura, idiomas, tablas de multiplicar, música, libros, juegos más complejos, niveles….

Entre la pubertad y la adolescencia vienen los logros pendejos que pueden arruinarnos la vida, pero que si llegamos airosos después de los 20 sin ningún crimen que pagar, entonces somos acreedores a llegar a una joven adultez cuyo hito radica en graduarnos de algo que nos pueda servir para conseguir un trabajo de medio pelo, para al menos pagarnos los vicios y los gustillos superficiales, porque en esta época de la vida se vive mal. La frustración y la duda son una constante, pero…

Llega la joven adultez madura, donde de algún modo encontramos el camino un poco más claro y podemos subsistir de manera independiente y solo entonces, cuando ya tenemos muchas de nuestras necesidades primarias cubiertas, entablamos el diálogo hacia nuestros adentros y empezamos a reconocer a la persona que habita en nosotros, la que nos empuja, la que nos inspira y a quien queremos hacer sentir orgullosos, sin el dolor de una crítica destructiva.

Entonces empezamos a amar de nuevo nuestras cicatrices y raspones. Vemos nuestro cuerpo, ya no crece, pero cambia. Un día descubrimos que de tanto reírnos se nos marcó el gesto al lado de la nariz. Otro que nuestra espalda baja duele mucho, pero han sido las horas de arduo trabajo para tener una cierta estabilidad. Asimismo encontramos las cicatrices de alguna intervención quirúrgica para tener una mejor calidad de vida. La marca que quedó de la quemada de aceite cuando apenas se aprendía a cocinar. Las cicatrices que le quedaron a nuestro corazón de tanto sentir cuando se podía apostarlo contra todo pronóstico…

Pero de todos los cambios que más puedan sorprender, está el encontrar tu primera cana. A muchos les deprime porque no hay nada que grite más fuerte ‘vejez’ que una cabellera gris, pero hoy me encontré el primer cabello plateado entre mi corta y procesada cabellera y sentí mucha emoción, como cuando perdí mi primer diente de leche o tuve por primera vez la menstruación. Me sentí mayor, plena y feliz, me sentí dueña de mi vida y orgullosa por tantos logros a lo largo de esta.

Fue solo un cabello, solo una cana la que alcancé a ver, pero nunca me sentí más adulta que cuando la encontré y nunca me sentí más capaz de hacer cualquier cosa que me de felicidad. Porque un día solo es una cana, otro tal vez será una cabellera, un rostro lleno de arrugas y un lento caminar… y la vida se habrá ido. Así que la tengo que abrazar antes y hacer que cuando ese día llegue, el de encontrarme frente a frente con la película de mi vida en un segundo, pueda irme con una sonrisa de oreja a oreja, que marque todavía más ese gesto que la rodea.


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