romance, Sabiduría

Las sorpresas del azar


¿Alguna vez tuviste la suerte de despertar una mañana al lado de un perfecto extraño que por motivos desconocidos, decidiste amar con locura una sola noche? Yo sí. Y por desconocido no diré que nos topamos en la calle y espontáneamente decidimos embriagarnos y coger como los animales apestosos y corrientes que somos, porque de hecho, sí sabíamos de nuestra mutua existencia. Sin embargo, jamás indagamos más sobre nosotros porque no era importante. No estaba planeado volvernos a encontrar.

Nos cruzamos en la vida del otro entre un mar de gente, en un azaroso movimiento de eventos que aún me sorprende. Pudimos elegir momentos diferentes para ir al mismo punto, pero no fue el caso. Ambos levantamos la mano al mismo tiempo, ambos decidimos embriagarnos, reírnos de la ridiculez que nos rodeaba y perdernos entre las olas de otros seres intoxicados por el momento, el ego, la vanidad, y sobre todo, por el patrocinador de todas estas sensaciones: el alcohol.

Y es que, por algún motivo, el alcohol es el mejor invento para los pendejos como nosotros. Lo digo por mi y por que sé que él es casi tan pendejo como yo para esos menesteres sexys: sin chupe no hay ligue y sin ligue no hay sexo. Y pues, bendito chupe porque aunque tuvo que pasar un tiempo, lo tuve justo donde quería el día que lo conocí: entre mis piernas, rodeando con su piel mi anatomía, mordiendo esa piel que se sentía casi muerta, llenando mi vacío existencial de inesperada satisfacción.

Pero el acto más extraño no fue cuando por primera vez nos besamos o cuando al fin nos corrimos con descaro, sino cuando el momento más decadente de la noche nos cayó encima: el aftersex. Y si me lo preguntan, es mi parte favorita cuando comparto la intimidad con alguien, porque es fácil sucumbir a los encantos del juego previo, pero abrazar a la persona, no a la fuente de placer, después de haber compartido el éxtasis, no tiene comparación con nada en esta vida que nos invita a elegir opciones seguras.

Ese efímero momento que tenemos para decidir entre deshumanizar al otro y darnos la vuelta, como si quien estuviera al lado de nuestro aún caliente y sudoroso cuerpo no existiera, y acariciar con ternura de la más genuina al ser con quien compartimos algo tan intenso,  se convierte en la decisión más trascendente, porque ya no se trata de una pasión explosiva, sino de una forma más sutil de experimentar placer, una idea que, en un mundo que nos orilla a buscar siempre una alta estimulación, suena descabellada.

Un largo beso con sabor a fluidos corporales, una mirada diciendo ‘gracias por este momento tan maravilloso’, acariciar el cabello enredado con cuidado de no incomodar, un masaje en esa amplia espalda pegajosa que despide el característico aroma del amante, el aroma que nos hace aferrarnos a cada milímetro de esa piel ajena que nos enajena, enredar nuestras piernas y brazos para permanecer juntos a pesar del sudor y del olor a ser humano, que en otras circunstancias y con otras personas, sería repelente…

Dormir juntos. ¿Soñar? Quizás. Pero cada quien en su mente, dibujando caminos diferentes mientras los ronquidos, el calor, los pedos, los mosquitos y otros accidentes nocturnos intentan arrancarnos del placentero espectáculo de permanecer unidos en una situación de lo menos idílica. Y cuando voluntariamente decidimos permanecer en los momentos más ordinarios, es donde radica el verdadero amor, el amor desinteresado que vive en el hoy, en el ahora y nada más.

A la mañana siguiente desperté, le di un trago a la caguama que compartimos la noche anterior y lo observé ahí, profundamente dormido con una discreta sonrisa en su rostro tierno e infantil que le dejó el rasurado, arropado con la cobija de perritos que me regaló mi madre en navidad, sacando un pie para ‘hacer aire’. Y sentí ese calor en la tripa, ese tipo de calor que no había sentido en mucho tiempo. Sentí ternura, ganas de abrazarlo con todas mis extremidades, tomar su rostro entre mis manos y darle un beso en la frente, intentando inútilmente de extender ese momento un poco más.

Pero lo dejé ir. Lo dejé seguir navegando en los territorios de Morfeo, mientras yo recogía lo que me quedaba de sobriedad para volver al mundo real, ese donde reside la obligación y las fantasías de amor por una noche, mueren. Y lo dejé volar también al despertar, porque tenía que volver a su realidad, esa donde las fantasías de una noche de verano, mueren como todas las neuronas que perecieron en nuestros cerebros para nunca más volver a pensarnos ni sentirnos.

Y una vez partido, recogí el tiradero de nuestra pasión, feliz de que hubiera sucedido, porque hay quien promete audazmente amar por toda la vida o por la eternidad. Pero yo solo le prometí desde lo más profundo de mi embriaguez, mirándolo a los ojos, amarlo esa noche con toda mi pasión, ternura y entrega, una promesa de la que jamás se enteró y que aún si lo hubiera sabido, ya lo hubiera olvidado porque estaba tan borracho que probablemente ni siquiera recordaría que fue él quien salió en a la calle a fumar en calzones.

El amor es más extraño y más versátil de lo que nos enseñaron, porque no necesita ser eterno, ni perfecto, ni sobrio. Solo necesita ser experimentado en primera persona y expresado para poder dejar marca en el actor. El verdadero amor en la vida de cada ser sintiente y emocional, no está en una persona. Reside dentro de nosotros y es el que podemos dar desinteresadamente, a una planta, a una mascota, a un extraño. Por una eternidad, una vida, por una noche o hasta que el azar nos vuelva a tomar por sorpresa.

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